La aventura del cuerpo muerto (Quijote I, 19): algunas proyecciones en la narrativa hispánica1

The adventure of a dead body (Quijote I, 19): some projections on Hispanic literature

Citación: Araya, C. (2018). La aventura del cuerpo muerto (Quijote I, 19): algunas proyecciones en la narrativa hispánica. Logos: Revista de Lingüística, Filosofía y Literatura, 28(1), 105-115.

Dirección Postal: Avenida Playa Ancha 850. Valparaíso - Chile

DOI: dx.doi.org/10.15443/RL2809

Carlos Araya

Universidad de Playa Ancha

Chile

arayacerda.carlos@gmail.com

Resumen: El Quijote cervantino muestra que el ejercicio de la caballería andante exige llevar la temeridad hasta sus últimas consecuencias, aun cuando este deseo sea coartado por cualquiera de las entidades figurativas intratextuales. En la aventura del cuerpo muerto (Quijote I, 19) se presenta germinalmente la acción desiderativa que, extremada, deviene en otro tiempo exposición textual deliberada de cadáveres, materializando el potencial semántico del episodio novelesco. El artículo analiza las implicaciones literarias de dicha extremación a través del comentario y contraste de la aventura con sus antecedentes estéticos, para plantear luego, desde una perspectiva gnoseológica y basándose en algunos aportes críticos, la manera como la Completación de tal propósito textualmente ausente constituiría una ampliación de las posibilidades de acceso a la realidad mortuoria.

Palabras clave: Don Quijote - Cuerpo Muerto - Conocimiento Humano - Realismo

Abstract: The practice of being a knight demands Don Quijote to try to carry on recklessness to its very last consequences, even if prevented by any of the intertextual figurative entities. The adventure of the dead body (Quijote I, 19) introduces the seed of a desiderative action that, taken to its extreme, becomes in other time a deliberate textual exposition of corpses, materializing the semantic potential of the fictional chapter. The article analyzes the literary implications of such extreme and, after a previous comment and contrast of the adventure to its literary background based on some critical contributions, a manner of how the completion of such purpose, textually absent, is introduced from a gnosis-like knowledge perspective, would then constitute an enlargement of possibilities to enter the mortuary reality.

Keywords: Don Quijote -Dead Body - Human Knowledge - Realism

1. Introducción

El objetivo de este artículo consiste en analizar las implicaciones que tiene la extremación literaria de las ausencias textuales en el episodio del cuerpo muerto protagonizado por Don Quijote y Sancho, a partir del develamiento del sentido de la clave interpretativa contenida en uno de los enunciados finales del capítulo 19, según el cual el caballero “quisiera […] mirar si el cuerpo que venía […] eran huesos o no, pero no lo consintió Sancho” (Cervantes, 2004, p. 173), en el que se perfilan dos comportamientos ante los riesgos de un agravio que, de haber sido desecho, hubiese constituido una transgresión de los límites del conocimiento de un objeto con dimensiones sagradas de innarrable manipulación efectiva dentro del relato, experiencia cuya consecución y proliferación será característica de momentos posteriores en la historia literaria hispánica.

Con frecuencia, los análisis textuales practicados centran su interés en la constatación de la función y sentido de elementos visibles o posibles de ser precisados, enfatizando ya sea en la relación entre episodios biográficos y datos incorporados, en la revisión de antecedentes estéticos contrastados o en la identificación de las claves que permitan reconstruir los propósitos subyacentes a las obras específicas analizadas. Repetidamente se ha leído el Quijote desde hipótesis muchas veces tan contradictorias como llega a ser la monumental obra cervantina, que ha dado lugar a las calificaciones e interpretaciones más antitéticas según se avanza en el estudio de las épocas y movimientos literarios, al tiempo que de ella misma se recrean y reconstruyen diversos episodios, personajes y circunstancias en los niveles intra, extra e intertextuales.

Estas razones dan cuenta del tratamiento de los discursos en referencia atendiendo a sus elementos presentes o a aquellos juzgados como determinantes en su conformación y comprensión, mas no consideran en modo alguno aquellos rasgos ausentes que los definen y caracterizan dentro de sus ciclos productivos y receptivos, en cuanto su explicitación permite una profundización en las peculiaridades estético/culturales e ideológicas que lo constituyen, según será mostrado, como lugar de presentación y anticipación de los resultados de dos actitudes existenciales observadas y matizadas en los enunciados novelescos. Así, a partir de la aventura del cuerpo muerto (Quijote I, 19), este artículo establece las implicaciones extraíbles del acto de extremar un cierto tipo de conocimiento vedado por la voz narrativa y por algunos de los personajes que participan de la señalada aventura. Si bien el narrador de la aventura condiciona, en cierto modo, la perspectiva de abordaje adoptada, no es este un espacio apropiado para detallar las variadas aproximaciones discutidas en distintos alcances críticos. Para los efectos de este análisis, basta conceptualizar operativamente como voz narrativa a la entidad metaficticia que se hace cargo de la progresión temática del relato, aunque ello implique una simplificación del problema. Stoopen (2005) ha sintetizado tales planteamientos, por lo que en este trabajo se efectúa una revisión principalmente desde la óptica de los personajes antes que desde la atención en la multiplicidad de narradores.

En definitiva, se trata de examinar y confrontar, desde elementos textuales manifiestos y omitidos, las perspectivas dispares que definen dos vías de aproximación a una determinada realidad ontológica -material- postulada, con el objeto de poner de relieve que la fusión de criterios evidenciada en las informaciones entregadas por el narrador y la visión del escudero, está fundada en la imposibilidad de acometer una aventura que destruiría las formas de acceso habituales a determinadas entidades cuyo abordaje aparece fundamentalmente como una prohibición, por representar un aspecto éticamente desaprobatorio para Sancho y estéticamente inexplorable por el sujeto de la enunciación. El ejercicio considera, en primer término, un breve comentario de la aventura señalada y de las visiones que la crítica ha aportado sobre la misma, su posterior valoración desde una concreción que hace emerger los puntos vacíos que presenta el referido episodio y, finalmente, una general apreciación del modo como estas ideas han adquirido presencia en otros momentos de la evolución literaria española.

Conviene diferenciar dos conceptos que dan cabida a reacciones diferentes dentro y fuera del texto para establecer su aplicación en el episodio seleccionado; éstos son la muerte como hecho ficticio o con apariencia de realidad libresca y lo mortal como rasgo pertinente de lo que en un instante dado poseyó como notas distintivas las que indican vida, pero que ha llegado a presentar caracteres opuestos. La señalada distinción es semejante a la que P.Salinas estableció en su conocido análisis de las coplas manriqueñas, y aquí aparece provista de otros rasgos singularizadores, dada la naturaleza y propósito del texto novelesco. Esta diferencia ha cristalizado en la crítica cervantina, la que ha concedido mayor atención a la muerte del protagonista o de los personajes que conforman el enmarañado tejido de la obra.

Dentro de los estudios más recientes centrados en este aspecto cabe mencionar el trabajo de Correa Mujica (1999), quien considera que la muerte definitiva del hidalgo reviste a este personaje de una nueva capa de realismo, suponiendo que sea este fin el acto más personal de existencia en que culmina la significación misma de la vida y que involucra a la vez una analogía con el sueño, de forma ambivalente, como renuncia y recuperación y desde la cual puede concebirse una existencia particular en cuanto es recorrido de su trayectoria vital (Romero Tobar, 2004). Aceptando que autor y personaje ficticio equiparan continuamente las acciones de vivir y escribir, queda dicho tácitamente que la obra total está inacabada, que más será lo que queda por escribir que lo escrito y que el caballero no desistirá de sus propósitos y emprenderá tantas nuevas jornadas como lectores sepan de sus ideales, aunque el universo que él construye no exista más que en su conciencia (Peñalver, 2006) y sabiendo que lo real es lo que él cree real, durante sus momentos de compenetración con unas lecturas tan caducas como actuales.

Aquel universo anhelado tropieza con el recrudecimiento de la realidad que termina imponiéndose como resolución y por ese motivo el hidalgo, hasta el final, adoctrina y ejerce una justicia que alcanza a la novela en cuanto brutalidad artística que sobrepasa aquellos comentarios clásicos defensores de una novela humorística y humana, cristiana y erasmista (Cáceres, 2015). El personaje aprecia en gran medida y hasta el fin de sus días, su libertad de leer el mundo, e incluso su propia muerte es para los lectores y espectadores la representación de esa misma muerte (Aladro, 2005), pero con un sentido de ficción distinto de la más ingenua curiosidad por los estratos más ocultos de lo real desconocido.

2. Transcurso y proyecciones de la aventura

En efecto, en este capítulo de la novela parece no haber nada más próximo al sentido común de lo real, que el encubrimiento narrativo de la imagen de un cuerpo muerto que se hubo presentado ante Don Quijote y Sancho durante una noche de aventuras caballerescas; motivo que, si no encuentra un antecedente más concreto que el Palmerín de Inglaterra, añade aquí una referencia temporal y correspondencias temáticas localizables en El Olivante de Laura, el Jardín de flores curiosas e incluso en Virgilio (Montiel, 2005). Luego de aportar algunos elementos situacionales que sirven de marco introductorio de la hazaña, cuenta el relato que amo y escudero vieron que por el mesmo camino que iban venían hacia ellos gran multitud de lumbres, que no parecían sino estrellas que se movían. Pasmóse Sancho en viéndolas, y Don Quijote no las tuvo todas consigo; tiró el uno del cabestro a su asno, y el otro de las riendas a su rocino; y estuvieron quedos, mirando atentamente lo que podía ser aquello, y vieron que las lumbres se iban acercando a ellos, y mientras más se llegaban, mayores parecían; a cuya vista Sancho comenzó a temblar como un azogado, y los cabellos de la cabeza se le erizaron a Don Quijote, el cual, animándose un poco, dijo:

-Ésta, sin duda, Sancho, debe de ser grandísima y peligrosísima aventura, donde será necesario que yo muestre todo mi valor y esfuerzo.

-¡Desdichado de mí! -respondió Sancho-; si acaso esta aventura fuese de fantasmas, como me lo va pareciendo, ¿adónde habrá costillas que la sufran? (Cervantes, 2004, p. 167).

Al advertir esta presencia inhabitual, ambos personajes exteriorizan bajo signos distintamente interpretables los comportamientos que, ante un mismo fenómeno observado, mantienen como perdurables, representados en la temeridad del caballero y la cobardía de su escudero. Repárese en que se trata aquí -al menos inicialmente- de la desplazada mención de una cualidad poseída por un ente otrora viviente, y serán tales signos vitales los que acompañarán su velado acceso, el que es percibido por el lector, en forma inmediata, como suspensión de una aventura incompleta. Sólo quedan ante él las actitudes separadas, contrapuestas, pero no se sabe con certeza qué nueva aventura se aproxima ni la envergadura que ésta podría tener.

La complejidad de los campos perceptivos configurados en este episodio da cabida a un despliegue perspectivístico que proporciona al enunciatario un apreciable conjunto de datos y posibilidades interpretativas, una de las cuales encierra la actitud quijotesca ante el fenómeno descrito. En la confirmación de tales perspectivas evidenciadas, los límites de la realidad no son nítidos, sino difusos, contribuyendo con esto a la difuminación y superposición de la realidad en la ficción, y sumándose a la complicación del rol del enunciatario, la voluntad distorsionadora del personaje (Torres, 2005), que motivará los desatinos de la imaginación del caballero, así como sus rectificaciones y eliminaciones hacia la conclusión del episodio comentado.

Al profundizar en los signos descodificados en esta aventura y en los pormenores de ella comunicados por la voz narrativa se observa, en primera instancia, que los signos exteriores visualizados son interpretados correctamente por ambas personalidades, pese a las confusiones iniciales producidas; sin embargo, los procesos de transformación y acomodación del objeto cognoscible a las circunstancias particulares de Don Quijote son los procedimientos que amoldan lo percibido a una realidad caballeresca descrita con reglas de un código falso o falseado (Barbagallo, 2004), el que es propio de la desmedida fantasía criticada en la novela.

Lo que es fácilmente perceptible para el desocupado lector es, sin duda, que el hidalgo manchego ha enloquecido debido a una auténtica intoxicación literaria y que su demencia lo ha llevado a un prolongado desajuste con su tiempo y ambiente. Por este motivo, continuamente acomoda la realidad corriente a su exaltada fantasía literaria, y en esto colaboran sus sentidos al transmutar esa realidad de acuerdo con su monomanía (Riquer, 1970), aspecto que se ve reafirmado en la fase de presentación de esta rara aventura. Sancho, por otro lado, como partidario del buen orden social, se ve obligado, por su relación de amistad y dependencia de Don Quijote, a permitir en todo momento que prevalezca la incontestable genialidad literaria y moral cervantina (Cerezo, 2011). Y el episodio discurre por medio del diálogo:

Y si le encantan y entomecen, como la otra vez lo hicieron -dijo Sancho-, ¿qué aprovechará estar en campo abierto o no?

-Con todo eso -replicó don Quijote-, te ruego, Sancho, que tengas buen ánimo, que la experiencia te dará a entender el que yo tengo.

-Sí tendré, si a Dios place -respondió Sancho (2004, p. 167).

Como en cualquier otro pasaje de la novela, en esta relación dialógica entre los protagonistas, nada hay más indudable que su incondicionalidad, si bien tal amistad afianzada muestra diferentes perspectivas que explican y adelantan el beneficio que obtendrán concluyendo el capítulo. Comenta Harold Bloom (2000) lo refrescante de las frecuentes y denodadas disputas mantenidas por estas dos fuertes personalidades que saben quiénes son y que por ello son conscientes en todo el episodio de las consecuencias prácticas que provocan sus respuestas hacia el objeto al que se están viendo enfrentados, sobre todo, en cuanto a las posibilidades indagatorias aceptables o rechazables que él les ofrece.

Es efectivo, por un lado, que el hidalgo muestra aquí su temeridad y que Sancho comienza a disuadirlo de la riesgosa propuesta porque el miedo se apodera de él, pero en ello habría que buscar los fundamentos antropológicos y estéticos para lograr la interpretación con sentido traslaticio. Dos expresiones se imponen aquí como justificativas de las acciones póstumas: la experiencia sensorial y lo que a Dios place. Por otro lado, no puede el texto moderno en su plurilingüismo aislar ninguna curiosidad humana que se autorreconozca como tal, en el afán de contener, aunque sea embrionariamente, cualquier idea artística que el esperable desarrollo de los procesos literarios creativos, más adelante, haya de concebir y promover. El vocablo experiencia mienta aquí, entonces, curiosa experimentación placentera y dilatada reserva expositiva, dos nociones que aparecen en la voluntad de los protagonistas y que confluyen dialécticamente en los paradigmas estéticos de la novela.

Es necesario considerar que Don Quijote como libro no es el creador de la época vivida, sino el polo de conocimiento directo para, en virtud de una mente lúcida, llegar a expresarla por medio de un conjunto de saberes constructores de una metafísica de las creencias que parte de los sentimientos del hidalgo antes que del ejercicio de su facultad racional, y que de esta forma es expresión plástica de la verdad de la vida (Hernández, 2006). Lo que pone de manifiesto este episodio es la más natural curiosidad humana llegando hasta límites insospechados; desde un punto de vista gnoseológico, ello implica entender que el conocimiento humano se ve limitado por una serie de factores temporales, que en este caso apoyan las dos alternativas de acceso consideradas por los protagonistas. Junto con ello, puede observarse en él, como se destacará en seguida, toda la trayectoria de la cultura moderna, que va desde el momento en que desaparece la épica y Dios mata por medio de unas calenturas, hasta el momento en que el hombre morirá sólo de calenturas, sin tener en cuenta a Dios (Casalduero, 1945), y esto lo confirmarán en gran medida las más diversas obras e idearios concebidos hasta la actualidad.

Precisamente, las dimensiones del significado no articuladas ni organizadas lingüísticamente, sino de carácter semiótico, abren al texto, por encima del marco de recepción de la ingenua comprensión, una inagotable semanticidad. Ningún texto se limita a decir lo que quisiera decir, pues se encuentra expuesto a la ineludible necesidad de producir un excedente comunicativo no pretendido. El tiempo de comunicación determina hasta qué punto el excedente de comunicación así organizado se hace operativa o se elimina, por un sistema de filtros, en la recepción (Stierle, 2015). En consecuencia, serán los desarrollos ulteriores de la experiencia literaria los encargados de decidir, a partir de los dictámenes expresados en la novela en tanto posibilidades realizables, cuál de ellos ampliará los límites del conocimiento humano mostrado por vía escrita, como formalización verificable de una vivencia particular que involucra una experiencia antropológica y estética, la que es interrumpida en este relato mediante una serie de procedimientos narrativos concretos que ralentizan el ritmo y tornan morosos los detalles de la temible aventura.

Cuando ésta por fin se despliega, lo hace envuelta en un retoricismo que realza la importancia de los elementos accesorios:

…porque descubrieron hasta veinte encamisados, todos a caballo, con sus hachas encendidas en las manos; detrás de los cuales venía una litera cubierta de luto, a la cual seguían otros seis de a caballo, enlutados hasta los pies de las mulas; que bien vieron que no eran caballos en el sosiego con que caminaban. Iban los encamisados murmurando entre sí, con una voz baja y compasiva. Esta estraña visión, a tales horas y en tal despoblado, bien bastaba para poner miedo en el corazón de Sancho, y aun en el de su amo; y así fuera en cuanto a don Quijote, que ya Sancho había dado al través con todo su esfuerzo. Lo contrario le avino a su amo, al cual en aquel punto se le representó en su imaginación al vivo que aquélla era una de las aventuras de sus libros (Cervantes, 2004, p. 168).

El énfasis comunicativo está puesto en la presencia de los encamisados, en el número de ellos, en los caballos que no son tales, en las hachas que llevaban en sus manos, y sobre todo en lo que esto provocó en los espectadores anhelantes de nuevas andanzas; pero el objeto que está produciendo tales reacciones se nombra como subordinado, al aparecer en medio de los enlutados. Ello abre una puerta a la fantasía quijotesca, a la que “figurósele que la litera eran andas en donde debía ir algún mal ferido o muerto caballero, cuya venganza a él sólo estaba reservada; y, sin hacer otro discurso, enristró su lanzón, púsose bien en la silla, y con gentil brío y continente se puso en la mitad del camino por donde los encamisados forzosamente habían de pasar” (Cervantes, 2004, p. 168). Esas reiteradas ansias de aventuras podrían llegar a transgredir lo permitido -la norma social, moral, religiosa o estética- si la voz narrativa o su fiel escudero lo dispusieran, y aplicando este efecto de elisión el texto segmentado parece obedecer a una estructuración bien definida.

Si la deliberada empresa cervantina consistía en reformar los libros de caballerías aprovechando algunas de sus potencialidades y situando algunos episodios en el límite indefinido de la realidad y la idealización (Pedraza, 2005), hay que tomar la extensión del episodio en que se expande este motivo no sólo como emulación paródica, sino como el terreno más apropiado para intentar adentrarse en las profundidades de lo mortuorio, que adquiere la forma de un significante vacío, continente sin contenido para el héroe a quien no le queda otra alternativa que su conformidad ante la inaccesibilidad, pero sobre todo para el rústico escudero y para el lector ficticio reconstructor del mundo de la imaginación del ingenioso hidalgo manchego. De esta suerte, las posibles omisiones narrativas detectables son especuladas, completadas y reforzadas por las entidades figurativas que orientan los caminos seguidos en el relato, desviándolo de todo cuanto atente contra los más rígidos parámetros literarios y, por ende, vitales. Para dirigir la atención de los receptores hacia otros cauces, la insistencia ocupa el lugar de la exhibición cadavérica y la lectura, en este nivel inicial, despliega la convergencia y divergencia entre significante y significado y justifica razonadamente la capacidad que el libro tiene para hacer quijotes a sus lectores, eliminando con ello el más vulgar relativismo (Morón Arroyo, 2008). Vale decir, estos planos no se contraponen, sino que difieren entre sí para la conciencia ficcionalizadora activa. Por eso, primeramente la palabra se le concede al hidalgo, que osa cumplir su voluntad caprichosa y justiciera; pero la plenitud de ésta, no obstante sus provocaciones, le será arrebatada literaria y religiosamente, trazando con ello la constitución del panorama novelesco posterior respecto del ahondamiento en la prolongación del objetivo caballeresco perseguido:

-Pues, ¿quién diablos os ha traído aquí -dijo don Quijote-, siendo hombre de Iglesia?

-¿Quién, señor? -replicó el caído-: mi desventura.

-Pues otra mayor os amenaza -dijo don Quijote-, si no me satisfacéis a todo cuanto primero os pregunté.

-Con facilidad será vuestra merced satisfecho -respondió el licenciado-; y así, sabrá vuestra merced que, aunque denantes dije que yo era licenciado, no soy sino bachiller, y llámome Alonso López; soy natural de Alcobendas; vengo de la ciudad de Baeza con otros once sacerdotes, que son los que huyeron con las hachas; vamos a la ciudad de Segovia acompañando un cuerpo muerto, que va en aquella litera, que es de un caballero que murió en Baeza, donde fue depositado; y ahora, como digo, llevábamos sus huesos a su sepultura, que está en Segovia, de donde es natural.

-¿Y quién le mató? -preguntó don Quijote.

-Dios, por medio de unas calenturas pestilentes que le dieron -respondió el bachiller. […]

El daño estuvo, señor bachiller Alonso López, en venir, como veníades, de noche, vestidos con aquellas sobrepellices, con las hachas encendidas, rezando, cubiertos de luto, que propiamente semejábades cosa mala y del otro mundo; y así, yo no pude dejar de cumplir con mi obligación acometiéndoos, y os acometiera aunque verdaderamente supiera que érades los memos satanases del infierno, que por tales os juzgué y tuve siempre (Cervantes, 2004, pp. 169-170).

Resulta evidente que la primera respuesta del bachiller aborda perifrásticamente la directa interrogación del caballero, y que necesita éste volver a manifestar su inquietud para recibir una afirmación que logre despejar su duda, a la que, en el nivel literal, se anteponen los rasgos caracterológicos de quienes acompañan al cadáver en la litera. Al responder el que antes fingiera ser licenciado, enuncia la realidad material que transporta el grupo, pero al identificarla se apoya en un conjunto de elementos indiciarios que la definieron durante su vida, incluso con verbos en presente: es el cuerpo muerto de un caballero, lo vienen trasladando desde Baeza donde feneció, lo llevan a Segovia, porque es natural de allí. Para no omitir rasgo alguno, es destacable que se mencione la sepultura, por no inquirir en la realidad depositada conducida.

Está, de un lado, el episodio inserto en la segunda salida que junto a Sancho decide emprender Don Quijote, durante el cual concreta diversos objetivos conforme va aconteciendo la aventura y su mención en la segunda parte de la novela; de otro, la aventura misma que finaliza en lucidez y corrimiento (Martínez Bonati, 2004), en el transcurso de la cual aprovecha Cervantes de criticar

ciertas sutilezas de los teólogos escolásticos: la facilidad con que el Papa o los obispos recurrían a la excomunión de sus adversarios en conflictos de carácter político o económico, la casuística de si se merecía excomunión por herir a un clérigo directamente con la mano o poniendo por medio la espada, y posiblemente alguna expresión dolorida del autor contra los clérigos en general (Morón Arroyo, 2004, p. 38).

Y en el sucederse de estas críticas razonables queda suspendido también el cadáver que va de camino, en espera de que el valiente caballero de la Triste Figura decida arremeter contra él, llegando a apropiarse de lo que hay dentro, sin medir los efectos que pueda ocasionar, y es aquí donde encuentra el impedimento motivado por la causa real de muerte del cuerpo encontrado. Probablemente exista, según algunos cervantistas, una relación de equivalencia entre determinados datos incluidos en este episodio y el traslado de San Juan de la Cruz ocurrido por aquel entonces, lucubración que ha revitalizado, más de una vez, fundados debates en los que críticos tales como Fernández de Navarrete, Clemencín, Avalle-Arce y Rodríguez Marín han manifestado las más contradictorias posiciones (Sánchez, 1992) en las que resulta complejo adoptar, al menos, una opinión que distinga lo que el texto debe a sus antecedentes caballerescos y lo que agrega a ellos el hecho real implicado en las diferencias específicas que contiene el episodio cervantino.

En respuesta tentativa a la imposibilidad señalada, y como una forma de desviación y morosidad imitadora del texto del Quijote, es oportuno tratar aquí, por lo menos como recepción activa y temporal, el problema de lo cognoscible y lo incognoscible, como dimensiones del objeto en transporte inferidas del resultado que obtuvo la actitud indagativa e intencionalmente dominadora que pudo ocultar el personaje. De este modo, queda patente, como es esperable, la presencia de la litera y la sola mención del objeto cuerpo muerto y permanece latente su interior como integrante del nivel transobjetual que por el tiempo de aparición de la novela -salvo excepciones- aún no se exponía literariamente en los límites en que llegó a hacerlo el romanticismo, el naturalismo o el grupo del 98 con sus innegables filias a lo romántico. Ejemplifican esta afirmación textos como “Las noches lúgubres” de Cadalso, “El doctor Centeno” y “La incógnita” de Pérez Galdós, o “La prostituta” de López Bago, pero también aquellos que, transponiendo ciertos enunciados y episodios de la novela cervantina, exponen deliberadamente restos mortales o intentan aprehenderlos reflexivamente, como acontece en “Luces de bohemia”, en la “Sonata de invierno” de Valle-Inclán o en la novela “Camino de perfección” de Pío Baroja. Las letras españolas ya contaban con un antecedente de esta naturaleza en Las lágrimas de Angélica, de Luis Barahona de Soto, pero tal mención no adquiere las dimensiones profundas de las que aparece dotada en el texto del Quijote.

Merece la pena aquí únicamente reconocer esta situación desde su detección en el ámbito literario, para mostrar que el examen de un cadáver en descomposición no sólo constituiría una desviación e innecesaria extensión del episodio relatado, sino que representaría, sobre todo, una deliberada exposición de reductos humanos cuya observación directa se ve irrealizada y se justifica, a nivel discursivo, en la mantención de dos actitudes existenciales adoptadas ante un mismo fenómeno natural referido de forma suscinta y recursivamente desplazado por artificios lingüísticos que contienen sedimentos valorativos rastreables en la lógica argumental del episodio comentado. Es así como queda expresada en ciernes una preocupación cultural por lo mortal, por la realidad de lo que antes tuvo vida y que ahora es puro velamiento, real y lingüísticamente.

Las contrapuestas reacciones que esto produce en el texto quedan definitivamente perfiladas hacia la conclusión del episodio, eligiendo el narrador, para tal propósito, la posición que Sancho sustentara desde el comienzo de la aventura:

En oyendo esto el bachiller, se fue, como queda dicho, sin replicarle palabra. Quisiera don Quijote mirar si el cuerpo que venía en la litera eran huesos o no, pero no lo consintió Sancho, diciéndole:

-Señor, vuestra merced ha acabado esta peligrosa aventura lo más a su salvo de todas las que yo he visto; esta gente, aunque vencida y desbaratada, podría ser que cayese en la cuenta de que los venció sola una persona, y, corridos y avergonzados desto, volviesen a rehacerse y a buscarnos, y nos diesen en qué entender. El jumento está como conviene, la montaña cerca, la hambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil compás de pies, y, como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza. Y, antecogiendo su asno, rogó a su señor que le siguiese; el cual, pareciéndole que Sancho tenía razón, sin volverle a replicar, le siguió. Y, a poco trecho que caminaban por entre dos montañuelas, se hallaron en un espacioso y escondido valle, donde se apearon; y Sancho alivió el jumento, y, tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron, comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto, satisfaciendo sus estómagos con más de una fiambrera que los señores clérigos del difunto -que pocas veces se dejan mal pasar- en la acémila de su repuesto traían (Cervantes, 2004, p. 173).

Un discreto equilibrio se asoma en ese retiro con prudente compás, al que se une perfectamente la insensatez de haber insistido en la peligrosidad de una auténtica proeza anticlásica, anticaballeresca, ética y estéticamente aborrecible. En general, todas las categorías de la novela moderna reflejan los nuevos fundamentos de la cultura y revisan críticamente la realidad, los hechos y la palabra, y nada admiten sin el previo análisis; en esto, la justificación argumental o lógica es la nueva forma de enfocar las posibilidades del conocimiento. La novela da cuenta de ello con límites en lo humano y en la crítica, de modo que sus historias y su cronotopo buscan como referencia el hombre y los principios humanistas, constituyendo la coherente estructuración de sus motivos, un sistema epistemológico organizado que otorga sentido completo al mundo ficcional, en la historia, en sus personajes y en la concepción del tiempo y el espacio literarios (Bobes, 2009). Aun considerando lo anterior, los reductos no examinados racional o empíricamente habrían servido como componentes de una realidad sacra, la que en determinadas narrativas humanitarias de los siglos XIX y XX centradas en la práctica de la disección y la momificación proporcionó, por medio de las huellas del catolicismo, una suerte de discurso espectral de la imaginación en que lo real se configura bajo las formas de lo siniestro, lo monstruoso o lo sagrado (Valis, 2011).

En contra de esta apertura hacia un discurso transgresor para su época, la prudencia mostrada por el escudero redirige la sucesión de unos acontecimientos posibles hacia su línea de desarrollo esperable, y con ello sitúa nuevamente el texto en una dirección que permite a las narrativas posteriores apropiarse de la aventura o de sus efectos, develando el potencial de significado necesario para su justa estimación. De esto se colige la distinta valoración de que son objeto, realidades materiales repudiadas o de algún modo rechazadas por perceptores de determinados períodos culturales , al tiempo que se reconocen diversas significaciones que esas mismas estructuras corpóreas llegan a presentar en el devenir histórico plasmado en manifestaciones modernas y contemporáneas. Esta apertura prueba, además, cómo las letras españolas se hacen cargo de los cambios en la visión de lo real cognoscible y de las consecuencias que esto implica en la apreciación de sus límites para sujetos representados, en su papel de reflectores de lo que cada época entiende como aceptable.

3. Conclusiones

Los resultados de esta investigación son apreciables desde la constatación de las posibilidades interpretativas que abre un episodio concreto del texto cervantino sobre la base de la extrapolación de la aventura a otros discursos posteriores que dialogan directa o indirectamente con él. De este modo, el propósito perseguido por el narrador o el que se deriva de las acciones de los personajes permite extender los límites de la experiencia relatada hacia horizontes que contengan prolongaciones de los conocimientos velados, interrumpidos o desplazados en el texto. A partir de lo señalado, se concluye que aquella parcela de lo real que involucra la compasión por el sufrimiento de un cuerpo, su contemplación y su libre examen racional le estuvieron vedados en ese momento a Don Quijote, intercediendo en ello Sancho Panza y la voz narrativa; sin embargo, el aparente éxito alcanzado en esta aventura radica en que Don Quijote, pese a no completar los deseos enunciados por el narrador, hace justicia desde su visión, sin sufrir ningún daño a cambio, y en que Sancho, ileso y sin dolor alguno, consigue cantidades sustanciosas de víveres, de cualidades igualmente sustanciosas (Choza & Arechederra, 2006). No obstante, al atender en forma específica al objeto potencialmente cognoscible y a su construcción narrativa, el fracaso de tal empresa es evidente para el lector, quien puede constatar la ruptura entre la última voluntad de Don Quijote y el resultado infructuoso en ella, producto del señalado velamiento del objeto.

De esta manera, a través de las dimensiones del cuerpo muerto presentadas y de las particularidades con que acontece el despliegue de sus caracteres omitidos, Cervantes elabora una reflexión acerca del conocimiento humano en términos de sus propiedades, posibilidades y limitaciones, la que arranca como punto de origen de la continuidad que el acceso a lo desconocido poseerá en momentos posteriores, en los que las actitudes adoptadas ante la muerte y lo mortuorio estarán en conexión con las visiones generales y particulares que las correspondientes épocas sustenten respecto del enfrentamiento con dicha realidad. En ese interés investigativo y experimental será la novela naturalista la que irá más lejos, por cuanto en ella, más que la naturaleza elemental y sus criaturas no racionales, está presente en primeros planos el cuerpo del hombre en sus condiciones y en sus necesidades, bosquejando una escala que parte de la naturaleza misma para desembocar en la violencia; escala que es filtrada de forma más o menos acumulada -en comparación con la narrativa zolesca- por los novelistas de los 80 y 90 (Sobejano, 1988).

Basándose en lo expuesto es posible verificar la amplitud de las exploraciones que, en el ámbito de la producción literaria hispánica, realizan los autores respecto de los exámenes de realidades materiales interdictas. Así, lo que en una época resulta inadmisible, en otra encuentra canales aprobatorios sustentados en la posibilidad que encuentran los personajes para penetrar en espacios variados, evidenciando su curiosidad y afán investigativo en correspondencia con el ejercicio de su libertad para apropiarse de nuevas dimensiones de los entes por él descubiertos.

Desde estas observaciones sobre lo que acontece en la narrativa posterior partiendo de la incompleta aventura quijotesca, es perceptible que se reserva, para otras épocas literariamente acogedoras, la proyección triunfante de la respuesta quijotesca intentada y diegéticamente excluida del relato adaptado por la pluma cervantina cuyas concreciones efectivas darán paso a nuevas exploraciones. Por otro lado, está pendiente examinar los posibles ecos de la aventura en el ámbito de las diferentes recreaciones de que ha sido objeto este episodio de la novela; como también revisar, desde el punto de vista de su recepción, el modo como la novelística posterior ha contestado a la inquietud manifestada en este segmento de la obra.

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Notas

1. Una versión preliminar de este trabajo fue presentada en el marco de las X Jornadas Cervantinas: “Adónde vivirás luengos siglos: Volver a Cervantes en su IV Centenario”, celebradas en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, los días 17 y 18 de agosto de 2016.