RL2727

La critica nacional atada aún a su cuna se alzará fuerte:

masculinidades en la crítica literaria chilena del siglo XIX

The national criticism still tied to its cradle will rise strong: masculinities in chilean literary criticism of the 19th century

Citación: Véliz Rojas, C. A. (2017). La critica nacional atada aún a su cuna se alzará fuerte: masculinidades en la crítica literaria chilena del siglo XIX. Logos: Revista de Lingüística, Filosofía y Literatura 27(2), 272-284. DOI: 10.15443/RL2721

Dirección Postal: Avda. Pablo Neruda 180, casa 19, comuna de Melipilla, RM, Chile

DOI: dx.doi.org/10.15443/RL2721

Claudio A. Véliz Rojas

Universidad Central de Chile

Chile

cvelizro@gmail.com

Resumen: Joaquín Blest Gana construyó a través del podio de la crítica literaria, una voz hombre heterosexual, en la que el pensamiento y el cuerpo llegan a la esfera pública utilizando la moral y la estética para instaurar su discurso en el plano de emancipación ilustrada impulsada por la generación de 1842. Desde la Revista de Santiago (primera época, 1848-1849) en un primer momento y el periódico La Semana (1859), para un segundo, Joaquín Blest Gana estableció un discurso crítico que traspasó el ámbito de la apreciación estética de la literatura, para defender una moralidad masculina en el uso del espacio público letrado.

Palabras claves: Crítica literaria –masculinidades – literatura siglo XIX

Abstract: Joaquin Blest Gana built across the podium of literary criticism, a heterosexual male voice, in which the thought and the body reach the public sphere by morality and aesthetics to establish his speech at the level of emancipation illustrated powered by generation of 1842. Since the Revista de Santiago (first period, from 1848 to 1849) at first and the newspaper La Semana (1859), for a second, Joaquin Blest Gana established a critical discourse that is passed into the realm of aesthetic appreciation literature, to defend a masculine morality in the use of public space lawyer.

Keywords: Literary Criticism -masculinities - nineteenth century literature

Más no debemos desesperar; la crítica nacional

atada aún a su cuna se alzará fuerte,

teniendo una existencia propia,

borrados ya los obstáculos que a su marcha se oponen,

bajo la mano regeneradora del progreso;

y su aparición hará lucir para nuestra literatura

un nuevo rayo de alentadora luz.

Joaquín Blest Gana, “Causas de la poca Originalidad de la Literatura Chilena”, 1848.

1. Introducción

¿Que fue del siglo XIX y a donde fue toda aquella lucha por unos ideales que parecían tan ‘sanos’ y ‘buenos’ para la humanidad, aquellos ideales que hacían llorar a los poetas-políticos de antaño? ¿Qué pasó con ese ‘noble sueño’ decimonónico de nación única e indivisible que plasmado en una literatura nacional no paraba de atar cabos y beber de distintos lechos para seguir embriagándose de ciencia y progreso? Finalmente, ¿a dónde se fueron los antiguos letrados con sus consignas, con sus himnos y sus revoluciones de café? ¿Dónde quedaron sus obras? La literatura lo olvidó; la crítica literaria, lo ha relegado. Y es que los pilares de lo que fue la ‘República de las Letras’ se fundó sobre la figura de ‘hombres’, ideas y representaciones de las cuales hoy en día poco se sabe o conoce: los poetas decimonónicos chilenos, en una reclusión irreparable de la crítica, han sido ninguneados y acumulados con pequeña reseñas, prácticas para un wikibiografía, insuficientes para una idea acerca del contexto y los textos que atravesaron nuestra construcción literaria nacional.

La figura foucaultiana del archivo heterotópico (Foucault, 2015) resulta iluminadora para este caso. Arrumbándose en un lugar de polvo y más polvo, donde ya no queda más que arrumbar, las obras de los literatos decimonónicos están ahí porque ya no queda un lugar vivo para textos que fueron preservados para la muerte. Copiosas obras de centenares de páginas –cada cual más numerosas y argumentativa que su antecesora–, todas ellas, en un cuarto sin reconocimiento, sin lectores, invisibles al ruido de la calle que no puede –aún– penetrar el museo biblioteca.

Desde ese lugar, la crítica literaria se ha presentado renuente a todo lo emanado de este siglo debido a la confianza1 en los análisis de otras épocas y campos culturales, que junto con enaltecer la producción del siglo XX, han condenado gran parte de la producción decimonónica con un duro silencio. En esta línea argumentativa, la voz canónica de Alone reafirma este postulado a través de la figura de uno de los movimientos emblemáticos del siglo XIX como fue el romanticismo literario, para liquidarlo como un (Díaz Arrieta, 1954: 203): “(…) capítulo que pudiera suprimirse perfectamente, sin que se perdiera nada de importancia”.

Asumiendo tal enunciación, los críticos sobre la literatura del XIX –si es que aún existen— no condenaron tan solo una producción no leída, no revisada, no analizada sino que han servido –¿inconscientemente?– a un modelo de análisis que fuera de su tiempo –Alone publicó su Historia Personal de la Literatura en 1954– dictaminó sobre lo que debía ser leído y lo que debía ser olvidado2. Este gesto proveniente de la larga escuela del Buen Gusto y el Impresionismo crítico, no solo contribuyó a opacar el objeto literario, sino que lo ha perdido para toda segunda revisión y modificación de nuestro actual canon literario.

Es por ello que seguir repitiendo una y otra vez, que el siglo XIX corresponde a una época que simplemente se dedicó a copiar e intentar apropiar nuevos modelos para nuestra realidad confusamente latinoamericana, al parecer, no se presenta como un camino demasiado novedoso. Ya sea desde la reducida intelectualidad, las reducidas lecturas, caos republicano y la segregación de la mujer del ámbito público, temas como estos parecen circulares en nuestra pre-concepción del antepasado siglo. Por otra parte y desde el marco teórico clavado por Julio Ramos (2003), explicar a la literatura del XIX como un campo totalmente ligado a la política tampoco parece aportar nuevas luces sobre nuestras raíces republicanas. De allí qué y para el caso de este trabajo, quisiera abrir la ventana crítica a la posibilidad de deslindar mi discurso de lo tradicional y darle una oportunidad para que lo biológico-simbólico tome un papel en la trama de mi escrito. Mi intención es darle un lugar al cuerpo, al género y a ‘la raza’ en la figura del crítico literario del XIX.

Ante este desafío, mi propuesta tomará el caso de Joaquín Blest Gana –intelectual chileno decimonónico– para exhibir la crítica literaria del XIX, como una crítica sexuada. Desde esta tribuna, mi hipótesis de lectura responde al siguiente planteamiento: Joaquín Blest Gana construyó a través del podio de la crítica literaria, una voz hombre heterosexual, en la que el pensamiento y el cuerpo llegan a la esfera pública utilizando la moral y la estética para instaurar su discurso en el plano de emancipación ilustrada propulsado por la generación de 1842. Desde los soportes ilustrados de la Revista de Santiago, en una primer momento y el periódico La Semana, para un segundo, Joaquín Blest Gana estableció un discurso crítico que traspasó el ámbito de la apreciación estética de la literatura, para defender una moralidad masculina en el uso del espacio público letrado.

2. Patriarcado: La familia

Para construir una perspectiva acerca de la masculinidad del crítico, es necesario hablar desde el lugar de ritos en que el autor conforma su actuar. En dicho sentido, la familia como carácter fundacional de esta masculinidad la entendemos como un espacio privilegiado pues se constituye en el lugar donde la estructura patriarcal dota al cuerpo y pensamiento del sujeto. Para el caso de Joaquín Blest Gana, su proceso de endoculturación lo explicamos del enlace de padre irlandés y madre chilena; al interior de este sistema, la estructura patriarcal sobre la que se constituye la figura de niño Blest es referida preferentemente por las órdenes dadas por su padre en una enseñanza liberal. Familia de valores cristiano-católicos y con una concepción estable del rol de las letras y los oficios liberales en la República, la familia Blest Gana supo transferir con éxito la estructura hegemónica masculina a sus connotados hijos.

Así lo demuestra tanto la formación de sus hijos como el establecimiento del doctor Blest en Chile a partir de la década de 1820. Erigiéndose como una luz racionalizadora para una incipiente República, Guillermo Blest (padre), se instauró bajo la profesión de médico en la sociedad decimonónica atravesando con éxito por las distintas pruebas que demandaba la masculinidad del siglo XIX. Casado con Luz Gana López y de un matrimonio del cual nacieron 12 hijos, la figura del doctor Blest probó desde un primer comienzo su correspondencia al lugar correcto de los hombres. Probando su paternidad y virilidad, así como su capacidad para sostener a una familia numerosa, el doctor Blest Gana se estableció como una versión demostrada de masculinidad así como un referente para sus hijos respecto a lo que debía ser un hombre. Su voz, por cierto, tendrá un tono de sentencia rotunda en los actos de sus hijos: esta situación la podemos atestiguar en la vida del novelista Alberto Blest Gana, quien opta por la carrera militar en una joven etapa debido a la imposición paterna (Silva Castro, 1969).

3. La Escuela: Validación entre hombres

En torno a su formación educacional, gran parte de la sociabilidad burguesa del siglo XIX americano y chileno se constituyó a partir de los espacios compartidos entre la casa y la escuela. Siendo la casa el dominio de la madre (lo privado) bajo la vigilancia del padre, la escuela se forma como un espacio en el que el sujeto masculino adquiere gran parte de su validación como hombre frente a sus pares. De allí que resulta sumamente significativo indicar lo propuesto por el investigador chileno Jorge Olavarria, para quien la construcción de lo masculino, si bien necesita de la mujer como cuerpo a través del cual demostrar su masculinidad –la conquista de esta mujer con el consiguiente apoderamiento de este cuerpo tanto en el sexo como en la figura legal del matrimonio–, la validación de esta masculinidad vendrá de forma importante frente a sus pares (Olavarría & Parrini, 2000). El Instituto Nacional, desde esta perspectiva, se constituyó como el espacio dilecto para este rito de jóvenes blancos y burgueses del XIX: desde los juegos en que se exhibe la valentía y el coraje, hasta la sala de clases en donde se normaliza el pensamiento heterosexual y el cuerpo del futuro hombre, esta clase de espacios homosociales serán pruebas para que nuestro crítico tome su rol –lo que la sociedad espera de un hombre joven– en el circuito social masculino decimonónico.

Es por ello que la formación de círculos y sociedades letradas no sólo se instauran como espacios para la difusión de ideas sino que, a su vez, podemos interpretar dichos lugares como momentos de formación de estas jóvenes masculinidades. Para el caso aludido, es significativa la explosión de sociedades literarias a partir del discurso de José Victorino Lastarria en el año 1842; estas agrupaciones lucharon por imponerse como referentes de lo culto en la esfera pública del XIX. Desde la misma Sociedad Literaria del 42’, pasando por la Sociedad de la Igualdad (1851) de Francisco Bilbao, José Zapiola, Santiago Arcos, Eusebio Lillo entre otros, hasta llegar al Círculo de los Amigos de las Letras para el año de 1859, cada uno de estos espacio homosociales pueden ser postulados como momentos a través de los que los jóvenes intelectuales concretizan su identidad masculina compartiendo sus propias intimidades. Asimismo es que la exhibición del coraje para publicar un texto, la osadía para ‘decir’ lo que la sociedad conservadora no quiere escuchar o la insolencia de estos jóvenes contra el orden establecido, son actos que podrían leerse como ritos de reafirmación de masculinidades decimonónicas.

Ahora bien, estos espacios y las relaciones entre hombres demandan un sustento para el autor que produce, para el hombre de ideas. Este sustento o control sobre los medios de producción, está asegurado por la misma pertenencia del sujeto al grupo social que lo ha visto crecer y pasar las pruebas que su masculinidad le exige. De esta forma y para el caso que estamos analizando, el arribo de Joaquín Blest Gana a la prensa es inmediato. Comienza a escribir a la edad de 16 años en publicaciones tan relevantes para la época como la Revista de Santiago (1848-1855)3. Esta inclusión inmediata en el espacio letrado nos permite apreciar claramente como la estructura patriarcal reserva estos lugares del poder letrado alfabético para los hombres blancos burgueses, excluyendo de estos medios de difusión a las clases populares y al público femenino4.

4. La construcción de la masculinidad desde la crítica

Asimismo, y ya centrados en la producción crítica literaria de Joaquín Blest Gana, hemos podido rastrear instancias en las que nuestro autor construyó esta voz masculina utilizando su podio letrado. Desde las alusiones a un público-hombre, la presencia del cuerpo femenino en su crítica así como una visión patriarcal de esta, Blest establece una estructura argumentativa que reafirma la legitimidad genérica dominante. Para ello, resulta interesante aplicar el marco teórico aportado por Robert W. Connel (2003) quien define la estructura de género en tres dimensiones: relación de poder, relaciones de producción y cathexis o deseo sexual. Explicando lo anterior, el análisis de Connel representa la relación de poder en la dominación del hombre sobre la mujer, lo que la crítica feminista define como el sistema patriarcal. Por otro lado, las relaciones de producción son presentadas por el autor como las divisiones genéricas del trabajo; en este sentido, el afianzamiento de una economía capitalista, reforzaría este sistema. Finalmente, el deseo sexual definido como la energía emocional ligada al objeto, sería representativo en la lógica freudiana como una práctica clara pero poco estudiada desde la teoría social. A partir de este marco teórico establecemos una posible aproximación a la construcción de las masculinidades intelectuales en el siglo XIX.

Como ya lo anticipásemos párrafos más arriba, la existencia de espacios para la legitimización de estas masculinidades permitió el acceso a la tribuna letrada tempranamente para Joaquín Blest Gana.

Para el caso del presente artículo, me basaré en dos etapas de su crítica las que repartidas en dos publicaciones que comparten el campo cultural literario de mediados del siglo XIX, contribuirían a definir esta voz crítica masculina, blanca y burguesa. En un primer momento tenemos su aparición en la Revista de Santiago primera época (1848-1849); en este medio escrito Blest Gana publicó 4 artículos referidos al estado de la literatura en Chile. Por otro lado, el periódico literario La Semana (1859) publica 2 artículos en los que el autor expone acerca de un estudio sobre las poesías de Guillermo Matta. Por medio de estos 6 artículos Joaquín Blest Gana construyó una voz masculina al interior de la incipiente crítica literaria chilena.

Antes bien y de acuerdo al análisis de la investigadora Darcie Doll (2010), la crítica literaria chilena del XIX la podemos situar en dos grandes intelectuales de la época. Con Andrés Bello se abre una forma de crítica que valora la retoricidad ligada a la elocuencia y a las Bellas Artes así como el lugar del discurso histórico al interior de esta. Por lado y a través de su discípulo directo José Victorino Lastarria, se constituiría una segunda articulación de este primer momento de crítica, en el que si bien se permite la puesta de los hechos y obras para la construcción del conocimiento, el momento crítico para la visión de Lastarria debería darse desde una función interpretativa, es decir, el deseo de simultaneidad entre escritura y crítica que permitiría una crítica situada (2010).

A partir de este cruce de paradigmas, a saber, la preponderancia del discurso histórico sobre la crítica y la necesidad de la crítica para la construcción de la obra, la figura articuladora de estas visones la hallamos en el joven Joaquín Blest Gana.

Abriéndose un camino letrado para sus jóvenes 16 años, el contexto desde el que escribe Joaquín Blest responde a un periodo de tensiones y albores de guerra civil. Para el año de 1848 el escenario político urbano chileno atravesaba una fuerte contienda por el poder confrontada por un liberalismo resentido y de oposición contra los dictámenes de un pensamiento conservador instaurado en el gobierno desde el triunfo de Lircay (1830). En este sentido y como reacción a la hegemonía conservadora, el ala liberal aprovechaba las bases permisivas implantadas por el gobierno de Manuel Bulnes (1841-1851), para promover ideas de regeneración y progreso a la joven masculinidad intelectual burguesa en demanda de mayor tránsito de las letras nacionales (Stuven 2000: 110-116). Desde este punto de enunciación, el espacio para las publicaciones del ámbito ilustrado se dio con gran amplitud pero también con irregularidad. Así lo afirma el testimonio de José Victorino Lastarria, quien desde sus Recuerdos Literarios –obra publicada en el año 1878– nos refiere específicamente el prefacio al año 48’ con la siguiente descripción:

Esta postración era en este año el efecto de la ajitación política del año anterior i también de la actitud que respecto al desarrollo intelectual había asumido el partido conservador tres años ántes en la condenación memorable de El Crepúsculo, tratando de quemar por mano al verdugo las ideas i la independencia del espíritu. El movimiento literario no era todavía bastante elástico para poder resistir a tales contrariedades, que por otra parte eran secundadas por la persistencia con que la Universidad servía a esa misma actitud, adoptando una marcha restrictiva que en aquel año de 847 la llevaba al estremo de acusar, por medio de un presbítero de la Facultad de Leyes, nuestro texto de Derecho Público Constitucional de ateísmo i de protestantismo a la vez, i de condenar por medio de la Facultad de humanidades nuestra doctrina sobre la filosofía de la historia (Lastarria, 1912: 330).

Bajo este ambiente preñado de confrontaciones políticas, intelectuales y eclesiásticas, aparece la Revista de Santiago. Bajo el liderazgo de José Victorino Lastarria, esta publicación de entre cortado aliento –circuló por tres periodos seccionados debido a la presión del sector conservador para limitar la difusión de sus ideas– sistematizará una serie de textos de distinta índole: entre los artículos de política, economía, historia, literatura, hallamos la pluma del joven Blest Gana quien se inserta como colaborador de la publicación probando su voz crítica con un breve análisis respecto al estado de la literatura en Chile. Desde una retórica que disfraza su voz juvenil5, el autor expondrá a través de su artículo “Tendencia del Romance Contemporáneo y Estado de esta Composición en Chile” el panorama de las múltiples carencias para una incipiente literatura nacional:

Al escribir estas pocas cuantas imperfectas líneas, habría deseado que mi patria me suministrase algunos datos de cuya apreciación hubiese podido deducir el carácter distintivo que entre nosotros observa, el género de composición cuya tendencia he intentado fijar. Más al arrojar una mirada de observación sobre la historia del romance en Chile no he hallado un solo punto, en donde nuestra vista puede detenerse complacida. Embriones groseros, parodias informes, que no bellas producciones, chispas bastardas arrancadas del brillante foco, por mano inexperta o negligente: he aquí todo lo que en la novela poseemos (Blest Gana, 1848a: 248-249).

Y esta situación, vale decir, la inexperiencia, la poca originalidad, la insuficiencia, es una visión que no descansaría tan solo en la novela para la perspectiva del joven Blest –joven que construye una retórica agresiva contra aquellos que no han sabido orientar el correcto funcionamiento de las letras, embriones groseros, chispas bastardas– sino también en la poesía. Desde su artículo Consideraciones Generales sobre la Poesía Chile, Blest Gana observa las falencias del estado del arte poético a través de 4 factores claves de la producción:

Según las observaciones precedentes, podemos deducir que los defectos artísticos de la poesía chilena, son la superficialidad i el egoísmo, la ausencia de un espíritu general extensivo a toda ella i al oprobio a falta de nacionalidad. Cada vez que nuestra poesía ha deslizado sus pasos por los resbaladizos peldaños del corazón, cada vez que el poeta ha renunciado a la naturaleza que le brinda sus encantos, a la historia que le ofrece sus tesoros, a los recuerdos patrios que exijen su tributo deseando sacar la poesía de sí mismo, como emanada del foro inspirador cuyas hirvientes olas siente bullir dentro del pecho, no ha golpeado sino muy débilmente en el dintel de la morada del sentimiento, no ha contemplado sino por un estrecho resquicio el complicado dédalo del corazón (Blest Gana, 1848c: 351).

Este resumen del estado del arte poético para el año de 1848, nos invita a pensar distintos caminos respecto a la construcción argumentativa del autor: 1) existe un camino, una verdad, al momento de escribir la poesía y los poetas deberían aspirar a lograrla. 2) La voz del crítico acerca sus palabras al ámbito sentimental evidenciando que no puede distanciarse de los afectos que involucra la crítica del objeto poético, al momento de interpretar las producciones líricas. 3) La preeminencia del discurso histórico se hace presente en la voz del joven crítico quien insta, en reiteradas oportunidades, para impulsar al escritor del XIX tanto como un recolector del pasado así como un rehabilitador de la memoria. Estos tres puntos, por medio del prisma teórico aportado por los estudios de género permiten vislumbrar, en un primer momento, la autoridad de la voz masculina que establece y reafirma su poder concentrando un camino para llegar a la práctica poética. Por medio del pensamiento jerárquico en el que la voz de Bello es fundamento último de verdad, Blest Gana está reafirmando la autoridad el padre. En segundo lugar, la existencia de la crítica como mediador entre el autor y su público demanda el esfuerzo del crítico para empatizar y sentir la poesía. Desde allí que podemos dilucidar la caída de un primer enmascaramiento en la voz de Blest toda vez que su aproximación a la esfera de las emociones lo alejaría de la figura viril del hombre decimonónico. En tercer lugar, la preeminencia del discurso histórico al interior de la crítica, argumento ya expuesto por Darcie Doll, nos permite observar al crítico como parte de su contexto intelectual. Este posicionamiento también sería reafirmado en la proposición de una lectura seria –lectura masculina en distinción a la lectura por placer femenina (Poblete, 2003; Gonzáles Stephan, 2010)– que construye su origen masculino para una sociedad que demanda la prueba de virilidad en sus intelectuales. Este último punto, nos abre un camino para pensar al hombre blanco burgués e intelectual como un sujeto que podría gozar de una cualidad andrógina en la que si bien exhibe –posa– su constructo masculino frente a la esfera pública, al momento de interpretar lecturas asignadas al mundo femenino puede también mostrar sensibilidades y afectos no masculinos.

De lo anterior, una pregunta que nos permitiría profundizar este lugar andrógino para la voz del crítico es la siguiente: Si para el caso de los hombres sus lecturas responden a temáticas clásicas y para el caso de las mujeres, sus lecturas responden a materiales sentimentales y de entretención, ¿cuál sería el lugar del crítico, quien establece sus análisis desde los textos clásicos para el análisis de las lecturas de esparcimiento? Como puente entre lo masculino y lo femenino, el crítico se establece por un lugar supra genérico para analizar lo serio masculino y entregarlo como material de degustación a la incipiente esfera de lectoras decimonónicas.

Ahora bien, para reflexionar sobre el estado de la crítica literaria en Chile, para el mismo año de 1848, Blest Gana nos muestra una clara apreciación no solo del estado del arte crítico, sino también de la función de esta crítica en la sociedad chilena del XIX. Ya casi al término de su artículo Causas de la Poca Originalidad de la Literatura Chilena, el autor exhibe una interesante reflexión respecto a la incipiente disciplina:

El estado del arte crítico es en casi todas las literaturas el no engañador termómetro que consultamos, para determinar a punto fijo el grado de decadencia o progreso en que éstas se hallan: la crítica es el cincel repulidor de las creaciones imperfectas, el hacha que troncha las ramas viciadas o inútiles del árbol de la literatura, el mismo tiempo que el rio que esparce sus aguas benéficas en el campo de los conceptos. Ella enfrena el desacertado y pernicioso vuelo que la inteligencia toma a veces, marcándole su verdadero giro y manteniéndola su jurisdicción imprescriptible. Bastante conocidos, suficientemente probados son sus incalculables beneficios, para que me detenga en manifestarlos. En un país donde no existe, faltará a la literatura su más poderoso apoyo, su brújula de dirección. Ahora bien, en Chile no ha asentado aún su dominio nacional. Es verdad que hemos vistos sabias y profundas críticas, pero sobre autores extranjeros, sin que pueda citarse casi ninguna relativa a la literatura chilena. Bien manifiestas son las causas que circunscriben y encadenan la crítica nacional. Siendo muy pequeña nuestra sociedad, estrechamente eslabonada, temeroso el escritor de herir con sus tiros el blanco de las preocupaciones patrias, o de sublevar en contra suya el resentimiento mezquino de los que se creen ofendido, o de romper tal vez las relaciones de amistad o sociales que mantiene, guarda para si sus opiniones, medroso de los funestos resultados que pudiera acarrearle el emitirlas. Si atacamos en Chile una idea, un principio que repugne a nuestras convicciones literarias, la mayor parte del público lejos de apreciar este ataque como una discusión de principios, no mirará en él sino una egoísta provocación a una lid personal, sin fijarse en las ideas que se discuten, sino en las personas exhiben en la arena de la polémica. Éste es el medio más breve para torcer el verdadero espíritu de la crítica haciéndola personal y no literaria; miserable, superficial y ardidosa en vez de sabia, imparcial y franca que debía ser; y éste es también el modelo de destruir una de las robustas columnas sobre que reposa el edificio literario, que se derrumbará falto de apoyo, o se sostendrá tan débilmente que la más leve oscilación lo convertirá en escombros. Más no debemos desesperar; la crítica nacional atada aún a su cuna se alzará fuerte, teniendo una existencia propia, borrados ya los obstáculos que a su marcha se oponen, bajo la mano regeneradora del progreso; y su aparición hará lucir para nuestra literatura un nuevo rayo de alentadora luz (Blest Gana, 1848b: 60).

Es un termómetro. Un cincel. Un hacha. Un río. La crítica en la escritura de Blest toma el cuerpo de un objeto para expresarse y adquirir cualidades que permiten visualizar su función. Como un lazarillo que lleva de la mano a los que no pueden ver o no tienen aún la edad para ver –Blest estaría en el límite de la edad para ver, buscando legitimidad entre sus pares para poder ver–, esta crítica es un arma de poder que cumple con la función de orientar a la literatura nacional por los mejores caminos. Un hacha que poda y un cincel que pule los contornos, la categoría objetual utilizada por el autor nos explica este discurso-hombre que invoca a su repertorio masculino para demostrar su virilidad.

Por otro lado y desde la significación que le atribuye al freno como límite del desenfreno en la imaginación desbocada propia de la subjetividad femenina (Bourdieu, 2000), la indicación de Blest Gana señalaría a la crítica como un llamado a la racionalidad y una alerta frente a los peligros que la imaginación impone a la seriedad, siendo esta, patrimonio de lo masculino. A su vez y bajo el intento logrado de postular su joven masculinidad ante un espacio de hombres, el señalamiento de controlar un saber pero no exhibirlo, demuestra este poder cautivo que es requerido por los hombres y no puede ser dado a cualquiera, por supuesto, no a mujeres. Así lo ilustra el texto al indicar lo siguiente: “Bastante conocidos, suficientemente probados son sus incalculables beneficios, para que me detenga en manifestarlos” (Blest Gana, 1848b: 60). Por otra parte, la invocación a la inexistencia de crítica literaria para la producción chilena de mediados de siglo, también es una estrategia que bien podríamos identificarla como un control de un saber que es amplio y que se tiene de tal manera que no es necesidad exhibirlo para que todos sepan que allí se asienta. Como la misma máscara que utiliza el sujeto para mostrar su pose frente a la sociedad, esta retórica encubre el vacio del poder hombre.

Asimismo, cuando el texto enumera y argumenta las distintas causas que encadenan la crítica literaria chilena del XIX, podemos notar conceptos que delatan esta concepción masculina construida por el autor desde su discurso objetivante. En primer lugar tenemos la figura del escritor temeroso frente a su medio. El temor en la figura masculina es un sentimiento que se ha de esconder pues cualquier llamado a contravenir el coraje y la valentía de un hombre, exige de parte del inculpado la prueba de virilidad de éste frente a sus pares en demanda de que se pruebe la necesaria existencia de valentía. En dicho sentido es que podemos comprender la exhibición del “escritor temeroso de la sociedad y medroso de los resultados de su crítica” (Blest Gana, 1848b: 60). En segundo lugar, la necesidad de validarse al interior de su grupo homosocial es evidenciando directamente por el discurso de Blest Gana toda vez que no sólo preocupa la figura del escritor temeroso (Olavarría, 2000; Peluffo & Sánchez, 2010), sino de que su gesto de valentía rompa con el grupo que lo contiene. Este camino contradictorio evidenciado por el autor, nos conduce a un punto neurálgico del argumento en el que es pertinente preguntarnos: si el decir es del hombre y el callar corresponde a continuar siendo hombre, ¿dónde deberé poner mi mascara para poder ser y corresponder con ese diseño que es requerido por la sociedad? Esta cuestión queda puesta en la palestra por el autor sin hallar mayor solución, aún.

Ya en el final del párrafo, Blest afinca su mayor problema en la función de la crítica con una actitud, según nos indica, social: la sociedad no distingue entre una discusión de principios y una disputa personal. Al momento de atacar las ideas, entendiendo que los hombres necesitan marcar su dominio por lo que el concepto de atacar forma parte del bagaje cultural, esta sociedad no sabría distinguir entre una discusión civilizada y un acceso barbárico. De lo anterior, se expondría a los barbaros como seres pasionales, ergo, mujeriles, en los que se disiente con el cuerpo de otro hombre. Ante esta situación, el sentido de su crítica se escucha claro para señalar que es un pugilato y que es una discusión civilizada. Si llevamos la discusión de una forma bárbara nos volvemos miserables, superficiales y ardidosos –entendiendo este último adjetivo como propio de las mujeres por tanto que son ellas las que generan ardides para desviar el correcto uso razón. Si por el contrario nos atenemos al plano racional civilizado y pensamos las críticas como discusión de principios, compramos nuestra pertenencia al mundo sabio, imparcial y franco de los hombres. En este misma línea de argumentación el autor nos llama a ‘no desesperar’, pues desesperar y volvernos neuróticos nos convertiría en mujeres, sino que debemos tener fe en el Dios-Hombre de que “la crítica nacional atada aún a su cuna, la crítica como un bebé sin discernimiento, comparable a una mujer, se alzará fuerte” convirtiéndose en un cuerpo hombre en confrontación al cuerpo femenino atribuido al concepto de sexo débil.

De esta forma y a modo de corolario en este análisis, Blest insta a ver el futuro pues los hombres pueden ver, penetrar, mirar en el futuro. En dicho futuro la crítica tendrá una existencia propia, una autonomía que es patrimonio de los hombres pues las mujeres no deben poseer independencia. Borrados los obstáculos a su marcha –entendiendo que el ideal masculino del siglo XIX se ve claramente identificado por la representación del soldado como la figura de la marcha convertida en argumento que avanza fuerte y firme, viril y erecto—, la aparición de esta mano firme se mostrará como un cuerpo símbolo de la luz racionalizadora masculina.

Sin embargo, esta no será la última vez que se refiera a la crítica y su función social. Durante su participación en el periódico literario y político La Semana y luego de una misión de 4 años trabajando como embajador de Chile en Colombia (etapa que será expuesta en la Revista del Pacífico como comentarios de la realidad americana), Joaquín Blest volverá al proscenio de las letras para criticar la producción poética del vate chileno Guillermo Matta Goyenechea (1829-1899). Siendo esta publicación el único diario en circulación que pudiese rebatir los dicterios del gobierno luego de la desastrosa guerra civil del norte minero contra el centro oligarca (revolución de 1859), el periódico La Semana fundado por los hermanos Domingo y Justo Arteaga Alemparte logró posicionar la discusión de las letras desde distintos aspectos asociados al periodismo. Desde la posición del cronista, del poeta, del novelista, de la prensa así como desde la crítica, este soporte de circulación internacional creó una discusión fluida respecto al lugar de la incipiente literatura nacional. A partir de esta tribuna y con un escrito que llevó por título “Poesías de D. Guillermo Matta” (1859), un Joaquín Blest Gana ya de 27 años se distanció de la concepción crítica proveniente del vulgo. ¿Por qué?, por lo que sigue:

La crítica no puede adoptar siempre la opinión del público irracional y preocupada muchas veces como el barómetro de sus juicios; porque si hubiéramos de encadenarla al irreflexivo entusiasmo que provoca una peligrosa originalidad, tendríamos que sacrificar la conciencia del buen gusto, las leyes eternas de la sociedad a la pasajera voga de toda innovación. Lejos de nosotros el pensamiento de sujetar la Intelijencia en el círculo tradicional de añejas Ideas; pero si la poesía asume como lo creen sus servidores una misión social civilizadora, necesario es que la cumpla en bien de si propia i de la civilización en cuyas filas combate sin socabar el mismo edificio que debiera con sus esfuerzos robustecer. ¿Cómo aplaudir la tendencia disolvente, el espíritu desorganizador que se divisa en la poesía de Matta, que muchos han celebrado como la victoria de la inteligencia que rompe los grillos remachados al libre pensamiento por la preocupación de la Ignorancia? ¿Qué pretende el poeta darnos en lugar de ese cristianismo que satiriza y quiere traer a tierra, que nos darían los campeones de la novelería cuyo falaz estímulo arrastra el cerebro infatuado con funesto entusiasmo, desde el involuntario desvío del regular camino, hasta la negación sistémica de las más necesarias, de las más consoladoras verdades? (Blest Gana, 1859a: 240).

De lo anterior, si la racionalidad corresponde a un elemento que estaría corporizada en los hombres, lo irracional y pasional atribuido al lado femenino colocaría a la opinión pública junto con este mundo barbárico patrimonio de las mujeres. En este sentido y como lo indicase los investigadores Ana Peluffo e Ignacio Sánchez, la feminización de la barbarie no solamente correspondió a un aspecto atribuido únicamente a las mujeres durante el siglo XIX sino que también a las clases populares, gauchos y masa, al ser clasificados como grupos irracionales, por lo mismo, feminizados (Peluffo y Sánchez, 2010). Esto, junto con señalar los peligros de una opinión pública desbordada, es decir fuera de orden, cumplió a su vez, con la legitimación del crítico al interior del grupo hombre-racional. Validado en ‘su’ esfera de dominio, lo público, las letras habilitan la exposición de la pose masculina canónica en la voz del crítico.

Asimismo, el ‘irreflexivo entusiasmo’ de una opinión pública que demanda orientación nos indica, una vez más, que las reflexiones deben provenir de un cerebro masculino, nunca de una mente femenina. Son ellos los que deben reflexionar pues con una imaginación peligrosa y demasiado sensible –las poesías de Matta fueron condenadas por la sociedad conservadora más dura, en argumentos similares al enjuiciamiento de Francisco Bilbao y su Sociabilidad Chilena (1844)6–, las letras caerían, según el autor, en un ámbito de descontrol y sensiblería. Y es que la poesía ya para mediados de siglo comenzaba a experimentar un alejamiento del mundo práctico debido a su estado sentimental (Ramos, 2003). En este sentido, el sacrificio del Buen Gusto –gusto impuesto por una hegemonía-hombre– está siendo operado en este artículo como los límites que impone la visión canónica de las letras para separar los cuerpos que pueden ser funcionales a la idea de República y aquellos que deben ser desechados. Las poesías de Guillermo Matta, en dicho sentido, no corresponden al proyecto hegemónico masculino burgués y blanco que necesita la joven república. De allí es que Blest Gana estaría fundamentando esta selección.

Por otra parte, la retórica que exhibe el artículo pretendiendo distanciarse del pensamiento conservador pero legitimándolo en sus bases, nos demuestra cuán profunda ha sido la transferencia de la masculinidad canónica en el pensamiento liberal del XIX. Aprovechándose de un discurso científico que invoca la leyes eternas de la sociedad y el Buen Gusto para condenar lo que el autor conceptualiza como moda pero que en el contexto se expandió por todo un siglo como el amorfo romanticismo, el crítico masculino gira en su estrategia argumental para indicar lo que subyace a su crítica: la inmoralidad de las poesías mattianas. Desde el discurso civilizado, heterosexual y masculino, Blest establece un puente entre las letras y su labor social. El enunciado “la poesía tiene una misión social civilizadora” defiende las necesidades de una sociedad católica que reniega de las fisuras que pudiera realizar este liberalismo exaltado –liberalismo rojo, en palabras de la época (Gazmuri, 1999)– en el discurso público. En dicho sentido, la pregunta que oculta Blest tras su retórica la podríamos traducir desde nuestro siglo XXI en el siguiente enunciado: ¿qué pretenden los textos de Matta proponiendo una desaparición de esta base social como es Dios suplantándola por un humano (hombre)? El horror al vacío de esta crítica pone sobre aviso a sus lectores para señalar con cuidado al caballo de Troya ofertado por los textos de Matta, quien a través de una poderosa lira y atractiva melodía pretende desviar el modelo masculino hegemónico “esa tendencia disolvente”, poniendo en peligro el control de las relaciones de poder y producción instaurada por el proyecto oligarca nacional. Es por ello que no debemos olvidar la advertencia del fragmento anterior en el que la crítica literaria podaría el árbol de la literatura; por lo mismo, comprendemos la figura de Blest Gana quien en el cumplimiento de su programa crítico se muestra implacable con el poeta y su producción.

De esta forma, la satirización del cristianismo y la destrucción de sus valores no contribuyen en el pensamiento práctico, a lo que necesita la sociedad decimonónica chilena. Estas “verdades consoladoras” emanadas desde el dogma cristiano no pueden ser abandonadas por mucho que el contexto fuera liberal pues si bien Dios ha muerto descabezado por la revolución francesa, se hace necesario aún respetar sus manos depositadas en su herencia terrenal. El cristianismo elevado y anticatólico de Matta, se ve expulsado como un cuerpo extraño que no encaja con el modelo de fe masculina que ordena la sociedad –una vez más debemos recordar que Francisco Bilbao ya fue condenado por argumentos similares. Asimismo, este pensamiento patriarcal ordena desde la voz del crítico lo que debe realizarse y lo que debe fijarse como conducta sana para una opinión pública que está en formación. De la estética a la moral, la crítica de Blest Gana no se establece sólo en el podio de la trama argumentativa ordenada por el contenido de las poesías sino que también en la recepción de ellas como poesías con una misión social. Esta es la crítica desde la cual Blest Gana acusa a los escritos de Matta como estrategias para descentrar el poder masculino intentando subvertir la condición subalterna femenina. Continuando en su escrito, el autor no explica lo siguiente:

Confesemos que no anduvo errada la porción de nuestra sociedad que condenó como perniciosas algunas doctrinas del poeta (…) Matta, célibe como generalmente gustan serlo los independientes hijos de Apolo, siguiendo la equívoca teoría de Jorge Sand sobre la misión social de la mujer, i que todo el talento de la amazona de la literatura moderna, no ha podido conciliar con las leyes inalterables de la moral, parece querer rehabilitar aquella hermosa parte del linaje humano de la humillación en que erróneamente la divisan sus paladines (Blest Gana, 1859b: 196).

¿Y cuál es el mayor problema al cual confronta la crítica de este varón blanco burgués? El crítico lo explica desmintiendo a Matta y reafirmando sus verdades universales de la sociedad:

De aquí ciertas declamaciones sobre la esclavitud de la mujer, sobre su postración intelectual, sobre su libertad que no se cuida el poeta de decirnos a que leyes se sujetaría, i de aquí en fin una doctrina no mui nueva tampoco i hasta funesta, lo diremos sin rebozo, a cuyo término se tropieza con el desconocimiento del matrimonio, que si nuestra relijión consagra con un bello sacramento, la sociedad acata como la piedra angular del edificio social (Blest Gana, 1859b: 196).

El matrimonio como figura del trinomio relación de poder, relaciones de producción y cathexis o deseo sexual, se inscribe como un elemento que debe ser controlado por la hegemonía masculina frente al peligro que exhibe la pérdida de las conciencias femeninas en una realidad que debía ser incuestionable. El matrimonio, desde la perspectiva planteada por el autor, se presenta como una necesidad que debe ser validada para que la dominación masculina como condición única e indiscutible tenga efecto en toda la sociedad. Apelando a la ignorancia del poeta respecto a los fundamentos espirituales de la sociedad, Blest Gana utiliza los principios cientificistas del XIX para acusar la inexistencia de respaldos objetivos que sostengan las proposiciones contenidas en las poesías de Matta. Acrecentando su malestar moral hasta un punto en que el argumento devela los reproches más fuertes del crítico, el texto alega lo siguiente:

Ya que los novadores olvidan el divino orijen matrimonio ¿con que institución humana podrían reemplazarle? Dígase lo que se quiera: los instintos morales del corazón se rebelan contra una teoría cuyas consecuencias se dilatarían hasta la prostitución, hasta las últimas relajaciones del vicio, i que envuelve la destrucción del santuario de la familia, la ruptura de los más tiernos vínculos, el trastorno de las relaciones que constituyen la felicidad terrenal. Ciegos soñadores que ven la esclava en la compañera, la repugnante obligación en el recíproco afecto, i un contrato leonino en esa santa unión de dos existencias enlazadas por la dicha común! (Blest Gana, 1859b: 196-197).

Desde una moralidad masculina hegemónica, el texto vuelve sobre la necesidad de resituar la subalternidad femenina en el espacio doméstico, ligándola a la familia y a sus labores. Al desmentir las falsas apreciaciones de una ‘originalidad peligrosa’, el texto reafirma el lugar de la compañera antes que la esclava quien por santa unión ha declinado sus derechos para tomar su lugar en el ámbito familiar. Asimismo, se repite la equivocación del poeta en su concepción del lugar femenino toda vez que no solo posee un marco teórico defectuoso –Jorge Sand se equivoca–, sino que sus resultados se orientan a la deformación de la norma prostituyendo el cuerpo de la nación así como el de la familia. De esta forma e involucrando la afectividad construida en torno al rígido modelo social, la crítica de Blest Gana iniciada desde el paradigma estético se instaura como una crítica a la moralidad de la joven literatura con fuerte énfasis en la posible recepción de esta. Los poetas como soñadores irracionales integran un mundo que no responden a la racionalidad-hombre como tampoco a la civilización, en este sentido, son ellos las ramas que el hacha masculina debe podar antes de que lo afeminado contamine las virtudes de la sociedad.

5. Conclusión

“El estado del arte crítico es en casi todas las literaturas el no engañador termómetro que consultamos, para determinar a punto fijo el grado de decadencia o progreso en que éstas se hallan” (Blest Gana, 1848b: 60), pero ¿engaña? Sin enunciarlo explícitamente, la narración crítica nos habló de una clase, de un lugar, pero sobre todo una voz que se construye desde la hegemonía masculina. A través de un recorrido que nos permitió apreciar las instancias homosociales que colaboran en la construcción de un modelo de masculinidades para la crítica en el siglo XIX chileno, pudimos observar como este constructo social si bien no es único, pertenece a las posibilidades que ofreció el stock de poses en las cuales se definió la intelectualidad chilena decimonónica.

De allí que el planteamiento de la hipótesis de lectura propuesta en este trabajo, a saber: Joaquín Blest Gana construyó a través del podio de la crítica literaria, una voz HOMBRE heterosexual, en la que el pensamiento y el cuerpo llegan a la esfera pública utilizando la moral y la estética como herramientas para formar un punto entre-medio del proyecto propulsado por la generación de 1842. Desde los soportes ilustrados de la Revista de Santiago (primera época), en una primer momento y el periódico La Semana, para un segundo, Joaquín Blest Gana estableció un discurso crítico que traspasó el ámbito de la apreciación estética de la literatura, para defender una moralidad masculina en el uso del espacio público letrado, se ve reafirmada con nuestro análisis.

Por medio de los lentes aportados por el modelo de análisis genérico propuesto por R. Connel, a saber, relación de poder, relaciones de producciones y cathexis o deseo sexual, Joaquín Blest Gana construyó una voz crítica masculina en el proceso de validación social necesario para su aceptación –la prueba– entre sus pares intelectuales hombres. En dicho sentido, la afirmación enunciada al principio vuelve a nosotros para reafirmar su posición: la crítica nacional se alzó desde la voz joven de un Joaquín Blest Gana de 16 años, para transformarse en un cuerpo hegemónico masculino blanco y burgués de 27 años en el discurso literario-político y sexuado del siglo XIX chileno.

BIBLIOGRAFÍA

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NOTAS

1. Confianza que podríamos interpretar como una estrategia basada en el marco teórico propuesto por Bernardo Subercaseaux, es decir, América Latina se debatiría entre un modelo de reproducción de ideas, más que apropiación de estas durante el siglo XIX. Casos excepcionales sería el positivismo latinoamericano y el modernismo a fines del citado siglo. Para mayor información, véase el artículo de Bernardo Subercauseaux, “La apropiación cultural en el pensamiento y la cultura de América Latina”.

2. Esta situación parece una constante en la crítica que desde Silva Castro, Fernando Alegría, José Promis, el mismo Alone, entre otros, han declarado como una categoría desierta los análisis referidos a literatura chilena del XIX como obras de mediano valor literario. Por otra parte, es meritorio hacer justicia de Hugo Bello, Grinor Rojo, entre otros críticos, quienes recientemente han comenzado la labor de exhumación en este amplio campo de nuestra producción nacional.

3. Debido a la escasa demanda de lectores, la Revista de Santiago tuvo una publicación que trazamos en tres épocas: 1848 a 1849, de 1850 a 1851 y una etapa final liderada por Guillermo Matta que fue publicada durante el año de 1855.

4. Esta situación no será prolongada por nuestro largo siglo XIX pues bajo la necesidad de crear una industria remunerada en la publicación de periódicos y revistas, lentamente y ya con fuerza para la segunda mitad del periodo analizado, publicaciones como La Semana o El Ferrocarril comenzarán a construir un nuevo público de lectoras: tanto en la redacción de artículos especialmente escritos para mujeres como en la orientación de este público femenino, la necesidad de crear un mercado que leyese estas publicaciones será un tema relevante para los empresarios decimonónicos (Poblete 2003).

5. “Hai en el hombre una tendencia irresistible ácia toda especie de ficciones; tendencia que se pronuncia harto temprano, pues apenas unas pocas ideas cruzan por nuestra cabeza, apenas una chispa de sensibilidad hace latir el corazón cuando deseamos algo más, de lo que nuestros sentidos perciben, algo más que la realidad que se desarrolla a nuestra vista” (1848: 240). La voz del narrador es grandilocuente, intentando comentar sobre la generalidad de la conducta humana, silenciando, bajo mi parecer, la joven voz de un intelectual que intenta escribir bajo el estilo que narran las masculinidades adultas.

6. Los argumentos en los que se basó el juicio condenatorio a Francisco Bilbao fueron: “(…) de blasfemo, inmoral y sedicioso en tercer grado. Como la presente acusación se versa sobre todo el impreso, porque todo él tiene alusión y conexión directa con los crímenes de blasfemia, sedición e inmoralidad, cree este Ministerio excusado entrar en un análisis minucioso, y en un detalle particular de los pasajes en que se contienen los mencionados crímenes”. Una versión electrónica disponible del juicio completo al escrito de Francisco Bilbao puede ser consultada en la página web, www.franciscobilbao.cl.

7. Jorge Sand o George Sand constituye una de los tantos casos de escrituras que trabajan desde el entremedio debido a su condición híbrida. Bajo este seudónimo, Amandine Aurore Lucile Dupin construyó su acceso a la esfera masculina letrada francesa, profesando una narrativa que hoy operamos bajo la nomenclatura de romanticismo social francés. Con temáticas que aluden a una mayor libertad a la mujer en la esfera pública y con firme compromiso hacia la clases más populares, George Sand se constituyó en un símbolo para el siglo XIX. En palabras del especialista Roger Picard: “Lo que más le llega al corazón es la situación de la mujer, a la que querría ver liberada de su condición de inferioridad y de las injusticias que la agobian. Es cierto que no fue la primera en introducir ese problema en la literatura novelesca (…) pero George Sand aporta una sensibilidad especial y un poder de persuasión que había de hacer que se la considerase, en la historia social de la literatura, como el verdadero portavoz de las mujeres desgraciadas, incomprendidas y sublevadas contra la sociedad que las oprime” (2004: 185).

 

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