RL2727

 

Lengua, identidad e integración regional en discursos sobre el español de principios del siglo XXI

Language, identity and regional integration in discourses about early 21st century Spanish

Citación: Rizzo, M. F. (2017). Lengua, identidad e integración regional en discursos sobre el español de principios del siglo XXI. Logos: Revista de Lingüística, Filosofía y Literatura 27(2), 253-271. DOI: 10.15443/RL2720

Dirección Postal: Centro de Estudios del Lenguaje en Sociedad, Escuela de Humanidades, Universidad Nacional de San Martín. Martín de Irigoyen 3100, 1º piso, Edificio Tornavías, San Martín (CP 1650), Buenos Aires, Argentina.

DOI: dx.doi.org/10.15443/RL2720

María Florencia Rizzo

Universidad Nacional de San Martín

CONICET

Argentina

rizzoflorencia@gmail.com

Resumen: El propósito de este artículo es analizar, desde el enfoque teórico de la Glotopolítica, la configuración de imaginarios identitarios en discursos sobre el español que tienen lugar a fines del siglo XX y principios del XXI en los Congresos Internacionales de la Lengua Española. Sostenemos que el contexto en el que se inscriben estos encuentros, en particular, los procesos de integración regional, incide en los elementos y recorridos que van delimitando imaginarios que integren a España y a la América hispana, en función de los distintos lugares de enunciación y de las propuestas político-lingüísticas presentadas. Así, se apela a una identidad iberoamericana -que incluye el portugués- pero también a una identidad latinoamericana que resignifica positivamente la región. Para determinar qué sentidos adoptan estos imaginarios a lo largo de los congresos considerados, analizaremos los modos de designación (Guimarães, 2002; Guimarães & Mollica, 2007) de los términos Iberoamérica/iberoamericano y América Latina/latinoamericano en un conjunto de exposiciones, es decir, cómo estos son construidos discursivamente en el enunciado, a partir de las operaciones enunciativas de reescritura y articulación.

Palabras clave: identidad iberoamericana – identidad latinoamericana – integraciones regionales – discursos sobre el español – Congresos Internacionales de la Lengua Española.

Abstract: The purpose of this article is to analyze, from the Glottopolitics’ theoretical framework, the configuration of identity imaginaries in discourses about Spanish that take place at the end of the 20th and beginning of the 21st centuries in the International Congresses of Spanish Language. We maintain that the context of these events, especially the processes of regional integration, has an impact on the elements and trajectories that are delimiting imaginaries that integrate Spain and the Hispanic America, according to different places of enunciation and the language policy proposals. Thus, appealing to an Ibero-American identity -where Portuguese is included- but also to a Latin-American identity in which the region is positively reinterpreted. In order to determinate the meanings of these imaginaries throughout the congresses in question, we will analyze the ways of designating (Guimarães, 2002; Guimarães & Mollica, 2007) of terms Ibero-America/Ibero-American and Latin America/Latin-American in a set of expositions, that is, how they are discursively constructed in the text, based on the enunciative operations of rewriting and articulation.

Keywords: Ibero-American identity – Latin-American identity – regional integrations – discourses about Spanish - International Congresses of Spanish Language.

1. Introducción

Los discursos sobre las lenguas exponen la estrecha relación entre las representaciones que circulan en torno a estas y las construcciones identitarias de los grupos sociales, así como el vínculo con los procesos políticos en los que se inscriben (Arnoux, 2005). A la vez, la intervención en el lenguaje y en las prácticas lingüísticas requiere de estrategias discursivas –y no discursivas– a través de las cuales se activan dichos imaginarios, con el fin de lograr la aceptación de propuestas político-lingüísticas. En particular, los Congresos Internacionales de la Lengua Española (CILE) realizados desde el año 1997, que se presentan oficialmente como foros de intercambio entre actores sociales españoles y latinoamericanos con la finalidad de debatir las cuestiones que están o deben estar en la agenda pública del español, son lugares privilegiados para indagar la construcción de identidades colectivas y el papel que cumple en ellas la lengua en relación con las coyunturas en las que están insertos y, en particular, con el desarrollo de la política del área idiomática hispánica que ha impulsado el Estado español –junto con otros actores sociales– desde fines del siglo XX y principios del XXI (del Valle, 2014; Arnoux, 2015).

En el contexto de la globalización, marcado por tensiones y alianzas entre las exigencias de los Estados nacionales y de las integraciones regionales, en las cuales interviene también la articulación entre lo global y lo local, se movilizan determinados imaginarios en función de los intereses de los grupos que elaboran e implementan las políticas lingüísticas. Los CILE son escenarios que exponen, a nuestro entender, la dinámica de fuerzas de las integraciones – lo cual conlleva tanto el afianzamiento o la reorientación de ciertos proyectos, como el debilitamiento de otros o el surgimiento de nuevos– y, con ellas, de las identidades puestas en juego que involucran al mundo hispánico y dentro de las cuales el español disputa un lugar entre otras lenguas.

Nos apoyamos en el enfoque teórico de la Glotopolítica que estudia cómo los discursos sobre el lenguaje construyen representaciones del universo social que buscan imponerse desde diferentes espacios institucionales y que influyen en las ideologías lingüísticas1. Los trabajos que se inscriben en esta línea privilegian un abordaje discursivo, lo cual permite comprender mejor la historicidad de la producción de los sentidos, e indagan identidades colectivas que atraviesan los límites de los territorios nacionales y en las cuales la lengua ocupa un lugar primordial no solo en la conformación, reproducción o transformación de dichas identidades sino en el diseño y la puesta en funcionamiento de políticas lingüística (Arnoux, 2005, 2008a; Arnoux & del Valle, 2010; Castelano Rodrigues, 2010; Rizzo, 2011; Buisán, 2013). Las condiciones sociohistóricas de producción de los CILE considerados en este trabajo –nos referimos a los primeros cuatro encuentros realizados en Zacatecas (1997), Valladolid (2001), Rosario (2004) y Cartagena de Indias (2007)– inciden en los elementos y recorridos que van configurando imaginarios de identidad colectiva que integren a España y a la América hispana. En efecto, a principios del siglo XXI se produce el desplazamiento hacia un lugar periférico de un imaginario de larga tradición que fue protagonista en los congresos que antecedieron a los CILE: el imaginario de comunidad hispánica, que integra a España e Hispanoamérica a partir de tres rasgos principales: la historia compartida, que se origina –desde la perspectiva peninsular– en el llamado “descubrimiento de América”, el papel de España como “madre patria” y la lengua común, el español, “fruto” de esa historia2. Así, a medida que avanzan los congresos internacionales y, con ellos, los procesos de integración regional, el imaginario de comunidad hispánica dejará de ser la forma de identidad predominante y coexistirá con otros imaginarios que se afianzarán hacia el CILE de 2007: por un lado, con una identidad iberoamericana –que articula el español con el portugués–, cuyas bases remiten a la Comunidad Iberoamericana de Naciones (CIN) y, por el otro, con una identidad latinoamericana que produce un desplazamiento de sentido en el sintagma América Latina en tanto deja de ser construido con atributos negativos y se resignifica como espacio de integración e identidad.

El trabajo está organizado en cinco partes. En la primera, hacemos una breve reflexión sobre los procesos de integración regional que involucran a los países hispanohablantes. A continuación, analizamos los entornos lingüísticos de los términos Iberoamérica/iberoamericano para identificar qué sentidos adoptan a lo largo de los CILE; seguidamente, realizamos la misma operación con América Latina/latinoamericano. En cuarto lugar, nos detenemos en el Congreso de Cartagena de 2007 para examinar un conjunto de discursos donde se afirma el imaginario iberoamericano y distinguimos los rasgos que adquiere. Por último, presentamos las reflexiones finales

2. El español y las integraciones regionales

En términos de Habermas, la noción de globalización “caracteriza el creciente volumen e intensidad del tráfico, la comunicación y los intercambios más allá de las fronteras nacionales” (2000: 90), lo cual ha supuesto a lo largo de los años fuertes desafíos para los Estados nacionales que han tenido que adaptar o cambiar sus funciones y modos de intervención tradicionales al ámbito transnacional. Esta situación generó una disminución del poder del Estado y una erosión de sus límites lo cual, a su vez, ha repercutido en múltiples ámbitos, entre ellos, el cultural y el lingüístico. De ahí el interés por intensificar la cooperación internacional mediante la creación de organismos no gubernamentales y de entidades supranacionales que mantienen acuerdos económicos regionales. Estas integraciones ocupan distintas posiciones en el plano mundial que pueden orientarse hacia un polo central o periférico y pueden suponer algún tipo de tensión o enfrentamiento de proyectos. El espacio de las lenguas nacionales no es ajeno a estas transformaciones: por un lado, aquellas son esenciales en la generación de formas de identidad compartida a nivel regional y, por el otro, continúan siendo lenguas de enseñanza oficial dentro de las fronteras estatales. En lo que atañe al ámbito de las lenguas mayores, el desarrollo de las integraciones regionales supone una extensión del espacio de enunciación (Guimarães, 2002)3 que consiste en la trascendencia de los límites de sus territorios nacionales y en la búsqueda de un estatuto internacional. En este ámbito coexisten diversas lenguas implicadas en los procesos que entran en conflicto.

Entre fines del siglo XX y los albores del XXI conviven en América Latina distintas identidades supranacionales o, para ser más específicos, coexisten procesos de integración alternativos que dan lugar a identidades diferentes (Cairo Carou, 2005) y que suponen variados recortes espaciales que convocan determinadas memorias. Estas integraciones responden a modelos que pueden complementarse, superponerse o entrar en tensión y que están en proceso de redefinición constante. Así, por ejemplo, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (en inglés se utiliza sigla NAFTA), firmado entre Estados Unidos, Canadá y México o, en su posterior versión ampliada, el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) como proyecto norteamericano para construir una zona de libre comercio a nivel continental y fortalecer su influencia en la región convoca la memoria del panamericanismo (Arpini, 2004), el Mercosur y la Unasur la latinoamericanista en tanto apelan a la memoria de las guerras de Independencia (Arnoux, 2008a) y la Comunidad Iberoamericana de Naciones (CIN) remite, en parte, al imaginario de comunidad hispánica, pero lo amplía al incluir a Portugal y a Brasil y lo reelabora en la medida en que, por ejemplo, la historia compartida originada en la colonización es reformulada en términos de “encuentro”4.

En el plano lingüístico, las integraciones regionales privilegian determinados vínculos con otras lenguas según los objetivos y los diferentes alcances del proyecto. De ahí que se exhiban en los discursos de los congresos las relaciones del español con otras lenguas, principalmente con el inglés y el portugués para el caso de las integraciones en América Latina, y con el inglés, el francés y el alemán para las reflexiones en el marco de la Unión Europea.

A diferencia de lo ocurrido en otros bloques regionales como el Mercosur, donde la diversidad lingüística fue concebida originariamente como un problema (Hamel, 2003), la Unión Europea optó tempranamente por el reconocimiento de la pluralidad de lenguas (cfr. Born 1999; Fischer 1999; Arnoux 2008b), aunque la gestión de esta diversidad ha resultado, por supuesto –y aún resulta en la actualidad–, compleja. De acuerdo con Hamel (2003), estas formas de abordar la realidad lingüística de la región del Mercosur y de la Unión Europea expresan dos orientaciones lingüísticas diferentes: por una parte, el multilingüismo, que acepta la pluralidad de lenguas pero las percibe como un problema y, por el otro, el plurilingüismo, que concibe la diversidad lingüística como un hecho positivo, como una situación enriquecedora. No obstante, la gestión de esta diversidad no está exenta de tensiones y conflictos.

La incorporación de España en la Unión Europea supuso nuevos desafíos para aquella en diversos planos. En el ámbito lingüístico, si bien el español es una de las veintitrés lenguas oficiales del bloque regional, defiende arduamente su posición como lengua de trabajo en los organismos europeos (cfr. Ybáñez Bueno, 2005; Pérez Vidal, 2008; López Castillo, 2009). En lo que concierne al campo de la enseñanza de lenguas segundas en la educación europea la principal competencia del español no es el inglés, que tiene primacía, sino lenguas con las cuales está en condiciones de disputar un lugar, como el francés o el alemán.

En el contexto del avance de la globalización en los años 90, marcada por el poder hegemónico de los Estados Unidos y de las instituciones financieras por él controladas, que se hacía sentir cada vez más en América Latina, surgió el Mercosur como proyecto de integración regional para conformar un mercado común a partir de la firma del Tratado de Asunción en 1991 que reunió en un comienzo a la Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. En una primera etapa contó con dos idiomas oficiales, el español y el portugués, lo cual supuso la necesidad de incorporar y fomentar diversas formas de bilingüismo en la región.

En 2008 doce países sudamericanos (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, República Cooperativa de Guyana, Paraguay, Perú, Suriname, Uruguay y Venezuela) firmaron el tratado constitutivo de la Unión de las Naciones Sudamericanas (Unasur), que entró en vigencia en 2011, como proyecto estratégico de integración de la región de América del Sur. A diferencia del Mercosur, que surgió como una integración principalmente económica, aunque luego se produjo un cambio de orientación con la incorporación de un proyecto político-cultural a lo anterior (Varela, 2008), Unasur muestra desde su origen una nueva perspectiva donde la integración se construye desde lo social y lo político (Arnoux, Bonnin, de Diego & Magnanego, 2012).

A diferencia de las integraciones que conforman una región que coincide en mayor o en menor medida con los límites continentales, el modelo de integración que reúne a los países iberoamericanos en la CIN supuso la articulación de América Latina con dos países europeos: España y Portugal. Esta organización, motivada por el inicio de las Cumbres de Jefes de Estado y de Gobierno, se basa en los principios de defensa de la democracia y de los derechos humanos de los pueblos de la región para impulsar el desarrollo y la cooperación entre ellos a partir de prácticas multilaterales basadas en la concertación, por un lado, y reafirmar la identidad común basada en la historia, la cultura y la lengua compartidas por los países que la integran. Por lo tanto, se desprende de lo anterior que las intervenciones en el ámbito lingüístico, en lo que concierne al español y al portugués, incidirán en los procesos de afirmación de los proyectos regionales. El desarrollo de la CIN ha pasado por distintas etapas en las que España ha practicado distintas formas de liderazgo y en las que los países latinoamericanos han manifestado mayor o menor interés en fomentar dicho espacio de integración (del Arenal, 2005).

En definitiva, en los últimos años del siglo XX y en los primeros del XXI se desplegaron distintas configuraciones regionales que han colocado a los países hispanohablantes frente a escenarios diferentes con posibilidad o no complementarse: desde una posición peninsular, resultaba fundamental para España pensar su relación tanto con los países europeos como con los latinoamericanos; desde la perspectiva latinoamericana, el panorama se debatía entre afianzar la integración de la región o mirar hacia España y, por añadidura, hacia Europa o, dicho de otro modo, entre la posibilidad de un desarrollo autónomo de los países latinoamericanos o priorizar su relación con la exmetrópoli.

3. Alcances del término iberoamericano en el I CILE: límites inestables

A lo largo de los discursos de los CILE, va aumentando la presencia del término iberoamericano, lo cual podría dar cuenta de un nuevo imaginario identitario. La noción comprende los territorios de la Península ibérica y los americanos que fueron colonias de España y de Portugal. De acuerdo con el clásico estudio de Rojas Mix (1991), el término surge hacia fines del siglo XIX y se extiende a lo largo del siguiente en ámbitos diplomáticos y científicos, como propuesta opuesta al panamericanismo. Vuelve a tomar impulso después de la muerte del dictador Franco, en el marco de la nueva política exterior de España hacia América Latina, que buscaba distanciarse de las asociaciones al pasado. Desde fines del siglo XX y principios del XXI, las nociones Iberoamérica e iberoamericano adquieren cierto protagonismo en discursos públicos diversos a partir de la realización de las Cumbres de Jefes de Estado y de Gobierno que sentaron las bases de la CIN. Pero, más allá de su sentido histórico, ¿qué incluye y, por lo tanto, qué excluye este término en los discursos, es decir, qué grupo delimita? ¿Da cuenta de un nuevo imaginario o tiene un funcionamiento aleatorio? Si expresa un nuevo imaginario, ¿qué rasgos presenta y qué vínculos plantea con otras identidades? Para ello, analizaremos los modos de designación (Guimarães, 2002; Guimarães & Mollica, 2007) de los términos Iberoamérica/iberoamericano y sus variantes morfológicas; es decir, cómo estos son construidos discursivamente en el enunciado, a partir de las operaciones enunciativas de reescritura y articulación. Desde la perspectiva de Guimarães, en el primer caso la enunciación de un texto redice lo ya dicho haciendo interpretar una forma como diferente de sí. Entre los procedimientos de reescritura, privilegiamos las paráfrasis por especificación, por sustitución y por expansión. La operación de articulación permite dar cuenta de cómo el funcionamiento de ciertas formas afecta a otras.

Ya en el primer congreso de Zacatecas realizado en 1997 encontramos apariciones de los términos Iberoamérica e iberoamericano. Veamos en algunos fragmentos los alcances que adoptan:

En español hemos construido nuestras instituciones nacionales, nuestra historia y nuestra literatura. En español se ha expresado la grandeza de Iberoamérica.

Justamente tres grandes hombres de letras e ideas que han merecido los mayores reconocimientos y que representan la diversidad geográfica y la vitalidad creativa del español nos iluminarán esta mañana con sus palabras.

En nombre del Gobierno de México, agradezco muy especialmente a Camilo José Cela, a Gabriel García Márquez y a Octavio Paz que hayan aceptado participar en esta ceremonia (Zedillo Ponce de León, 1997).

A diferencia de los poetas, los narradores del primer realismo americano «guardaban las distancias», dejando constancia de que el autor sabía «escribir bien» el español de España mientras sus personajes «hablaban mal» el español de Iberoamérica. Y, como para reparar el daño introducido por ellos en su obra, ofrecían largos «vocabularios» en los que se daba, pensando probablemente en el lector extranjero, el equivalente o la definición de los localismos empleados (Adoum, 1997).

Portugal dispone en enero de 1997 de poco más de 25.000 ordenadores conectados. La presencia más significativa del portugués en Internet está en Brasil, cuyo parque de ordenadores conectado a la red es tres veces superior, además de ser el mayor de toda Iberoamérica. […]

En la política cultural y lingüística que la Unión Europea lleva a cabo en Iberoamérica, los comisarios españoles ocupan lugares estratégicos (Soler, 1997).

[…] si se refuerzan los lazos de solidaridad iberoamericana –cuidando de no caer en un nuevo dominio glotopolítico sino esforzándose por anudar los lazos comunes–, los que hablamos español más los que hablan portugués constituyen, sumados, un número altamente significativo en términos de consumidores potenciales de tecnología informática y comunicacional (Pagliai, 1997).

Estas citas muestran los variados sentidos que adquieren los términos Iberoamérica e iberoamericano en este primer congreso pero que también se encuentran en el resto de los CILE. Los usos que más se reiteran –correspondientes a los dos primeros ejemplos– parecen coincidir con el de Hispanoamérica o hispanoamericano para referir a los países hispanohablantes de América, o con el de comunidad hispánica que -como hemos comentado al comienzo del trabajo- reúne a los anteriores más España y se caracteriza, ante todo, por una lengua y una historia en común. En particular, en el texto del entonces presidente de México, Ernesto Zedillo Ponce de León, Iberoamérica es sinónimo de comunidad hispánica: los nombres de tres famosos escritores de diferentes nacionalidades –española, colombiana y mexicana– confirman esta lectura. En la segunda cita, perteneciente al escritor ecuatoriano Jorge Enrique Adoum, la distinción en el pasado entre un español de España (“bien escrito”) y un español de Iberoamérica (“mal hablado”) permite la asociación de esta con América hispana. En cualquiera de los casos recién mencionados, Iberoamérica o iberoamericano están íntimamente vinculados al español, es decir que quedan excluidos los territorios de lengua portuguesa.

Son escasas las ocasiones en que, como en la tercera cita de Joaquín Soler, Iberoamérica supone la inclusión de Brasil pero deja de lado a España y a Portugal. Aquí el sentido queda circunscripto al continente americano: parafraseando lo dicho por Soler, España ocupa un lugar estratégico en la política lingüística y cultural que la Unión Europea lleva a cabo en el continente iberoamericano. Por último, encontramos –casi como una excepción– en la última cita de la profesora de la Universidad de Buenos Aires, Lucila Pagliai, un caso en el que Iberoamérica o iberoamericano coinciden con su sentido histórico, es decir, no solo incluyen a España y a la América hispana sino que también integran los territorios de Portugal y de Brasil.

De acuerdo con lo observado hasta el momento, no resulta fácil precisar los límites del término iberoamericano en los primeros congresos: estos son flexibles en la medida en que pueden proyectarse sobre distintos referentes, ampliándose o restringiéndose. El interrogante que se desprende de lo anterior, entonces, es si perduran estas oscilaciones a lo largo de todos los congresos o se afianza algún sentido en particular y, por el otro, cómo explicar estas vacilaciones en el I CILE.

Ahora bien, los términos recién analizados coexisten con otros, como América Latina/latinoamericano, con sus variantes morfológicas, que también son recurrentes en los discursos de este encuentro. De ahí que en el próximo apartado busquemos determinar qué sentidos adquieren estas nociones en las exposiciones del Congreso de 1997 y si perduran o no en los congresos siguientes.

4. Desplazamientos de sentido de lo latinoamericano en los Congresos Internacionales de la Lengua Española

En términos generales, los espacios “oficiales” de la serie de CILE, esto es, los programas de temas y los discursos de inauguración y de clausura, han evitado el uso de los términos América Latina/Latinoamérica/latinoamericano y han optado, en su lugar, por Hispanoamérica/hispanoamericano o, a partir de los Congresos de Rosario y de Cartagena de Indias, como veremos más adelante, por Iberoamérica/iberoamericano. Sin embargo, comprobamos que el primer grupo mencionado sí aparece como objeto de discurso en distintas exposiciones. A continuación, presentamos algunos fragmentos que pertenecen a sesiones plenarias de participantes latinoamericanos sobre cine, radio y televisión correspondientes al encuentro de Zacatecas:

El cine latinoamericano y muy en particular, el venezolano, son sin lugar a dudas, presencias comprometidas, activas y actuantes. Tan es así que cualquier espectador puede asomarse a la realidad socioeconómica y política del continente sólo con ver las películas de su respectiva cinematografía, porque se trata de un cine que se ha volcado casi entera y exclusivamente en los problemas y las dificultades propias de los países del tercer mundo olvidando por lo general los universos y conflictos interiores del hombre.

En efecto, los asuntos que tradicionalmente asume el cine venezolano en sus películas tienen que ver con los problemas del desarrollo económico y las realidades ideológicas y sociológicas del país; pero no con los problemas, intensidades personales y conflictos afectivos de las gentes. Tradicionalmente, sus temas, por lo general, tienen que ver con la dependencia política, económica, cultural; con el fascismo, el gorilismo y las intervenciones militares; con la marginalidad, el desempleo, la delincuencia, la crisis habitacional, la mortalidad infantil y la prostitución; con el analfabetismo, el genocidio cultural, la corrupción y el hambre; con la ecología. Es un cine volcado hacia lo exterior. Es más subdesarrollado, ideológico, sociológico, antropológico, político y tercermundista que erótico. Es más conservador que desafiante; más impersonal, pacato o moralizante que afirmado, liberado, decidido o irreverente (Izaguirre, 1997).

De ser más activo, individual y colectivamente, el latinoamericano no sería víctima de programaciones mediocres, discursos insultantes al intelecto o manipulaciones disfrazadas de entretenimiento o publicidad. Educar para ganar un público crítico podría ser una excelente manera de transformar al espectador en un ciudadano más libre, responsable y consciente (Bravo Raidi, 1997).

En América Latina mencionan los maestros mal pagados y poco incentivados, y padres de familia demasiado ocupados en la lucha por sobrevivir, dentro de las nuevas reglas de juego del mercado laboral, como para atender a la educación de los hijos a nivel familiar. Sin embargo, la enorme mayoría de nuestros entrevistados, por no decir todos, están de acuerdo en que los medios de comunicación, y particularmente la televisión, son los principales responsables de la condición actual del uso del idioma entre los niños y jóvenes (Mewe, 1997).

Si por algo el cine mexicano es popular es en este contexto carente de pretensiones, porque así lo determina la carencia de pretensiones de la inmensa mayoría de sus espectadores. El público crece desorbitadamente e incluye a buena parte de América Latina […].

Y este desbordamiento le confiere al habla popular un vigor demostrativo y persuasivo, la conclusión, jamás verbalizada, es tajante. No sólo hablamos así, está bien que hablemos así, es gracioso, divertido, significativo, pero si el habla de los pobres de la ciudad de México, por condenada que esté por la elite, es irrebatible dado su poder de contaminación, lo que surge de la vecindad geográfica y del avasallamiento industrial de Norteamérica, sí encuentra resistencia (Monsiváis, 1997).

Los entornos lingüísticos de los sintagmas “cine latinoamericano”, “el latinoamericano”, “América Latina” y “el público […] de América Latina” extraídos de las citas anteriores están integrados por nociones asociadas a pobreza, analfabetismo, dependencia política, económica, cultural, formas de gobierno no democráticas, desigualdad, desempleo, delincuencia, prostitución, corrupción, hambre, habla popular que contamina. Los países latinoamericanos son designados como tercermundistas, subdesarrollados; su público es “víctima de programaciones mediocres, discursos insultantes al intelecto o manipulaciones disfrazadas de entretenimiento o publicidad”, “carente de pretensiones”. En efecto, notamos una predominancia de alusiones a América Latina –aunque no de modo exclusivo– que la construyen negativamente desde posiciones enunciativas tanto latinoamericanas como españolas. Así, la realidad latinoamericana se impone como objeto de discurso en la medida en que es motivo de preocupación.

Si bien a lo largo de los CILE se producen, como veremos a continuación, desplazamientos de sentido en torno a los términos América Latina/latinoamericano, no desaparecen las referencias a la región en términos negativos:

El riesgo de esta división digital es mayor en países con problemas económicos relevantes como los de América Latina a lo que a los tradicionales (endeudamiento, pobreza, alfabetización...) se unen otros nuevos (infraestructuras, equipamientos técnicos, innovación tecnológica...). Una situación que no admite pasividad, ni milagros espontáneos. Además, hay otras razones para recomendar esas políticas activas que nos revalidan recientes y amargos hechos producto de la sinrazón: la radicalización que fermenta la pobreza y la carencia de expectativas para una gran masa de población en el mundo (Pedreño Muñoz, 2001).

Pero hay que recordar también, que la liberación del comercio no ha propiciado en América Latina, a diferencia de otras regiones, ni el crecimiento ni el desarrollo económico prometido. Por el contrario, se ha incrementado la inequitativa distribución de la riqueza, y el acceso a bienes económicos y culturales es cada vez más limitado en grandes sectores de la población. A diferencia de los países asiáticos, los países latinoamericanos han tenido menos recursos y carecido de planes estratégicos de educación, ciencia y tecnología de largo aliento, y la inversión privada en investigación y desarrollo es casi nula (Suárez, 2004).

Educados por sistemas que aspiran fundamentalmente a producir seres serviles a un proyecto de infinito progreso cuyo ídolo es la técnica, a través de la escuela y los medios de comunicación les entregan un reducido manojo de palabras, en todo semejante a la dieta de agua y pan que se le entrega a un prisionero en el calabozo.

Esto[s] seres son alejados de la lectura, pues leer es un patinar sobre un[a] pista de palabras españolas que les son tan ajenas como el agua al desierto. La espontaneidad callejera y los medios reproducen esa carencia hasta la ignominia. Los gobiernos de América Latina defienden con ahínco sus fronteras de eventuales enemigos militares, pero entregan el aire de la patria, y sus niños, a la más destemplada indefensión cultural (Skármeta, 2007).

Desde esta perspectiva, el retraso económico, educativo, social y tecnológico de América Latina constituye un obstáculo para el desarrollo del español en el plano internacional, aunque cada vez más débil conforme avanzan los congresos.

En el Congreso de 2001 se produce un desplazamiento de sentido del término latinoamericano: sin dejar de aludir a una región caracterizada por el atraso tecnológico, la pobreza, la dependencia política y cultural y el alto analfabetismo, pasa a constituirse, ante todo, como un mercado privilegiado para las inversiones de empresas españolas:

La importancia que ha alcanzado para Iberia el mercado latinoamericano, que suma una población de 500 millones de habitantes, queda reflejada en sus números. Dos millones y medio de pasajeros de los catorce que se mueven entre Europa y esa parte del continente los transporta Iberia, lo que representa un 17 por ciento. Genera, por otro lado, con este trabajo, un tercio de sus ingresos totales (Serrano de Entrambasaguas, 2001).

Por ello, tenemos que convencer a nuestros socios comunitarios que la generalización del español en Latinoamérica, complementaria de la pujanza de nuestra lengua en los propios Estados Unidos de Norteamérica constituye una baza de la Unión Europea —de la Unión, no de España— que no debemos desaprovechar los europeos (Palacio, 2001).

La dimensión y el potencial dinamismo de algunos mercados latinoamericanos en el futuro —más allá de las circunstancias azarosas del presente— convierten a la comunidad lingüística hispanohablante en un poderoso factor de estímulo —y en un escenario de aprendizaje— para los procesos de internacionalización de la empresa española (García Delgado & Alonso, 2001).

Así, unas pocas empresas españolas se han convertido en líderes en tres sectores clave del nuevo panorama económico latinoamericano, como lo son las telecomunicaciones, la energía y la banca, contribuyendo de manera positiva a la competitividad sistémica de las economías receptoras (Casilda Béjar, 2001).

En efecto, el Congreso de Valladolid se caracterizó por una exaltación de la dimensión económica del español. Este entusiasmo se plasmó, por ejemplo, en la decisión de convocar para los discursos de inauguración a representantes de empresas de capitales españoles con importante presencia en América Latina, como Telefónica e Iberia. Así, nociones tales como socios, mercado, ingresos, empresa, competitividad, que integran el campo semántico de los intercambios económicos, constituyen el entorno lingüístico de los términos América Latina/latinoamericano.

A partir del Congreso de 2004 opera otro desplazamiento de sentido en la medida en que lo latinoamericano se constituye en seña de identidad en discursos que se posicionan enunciativamente –en la mayoría de los casos– desde un “nosotros”:

En este Congreso de Rosario ha surgido recurrente nuestra identidad singular en tanto latinoamericanos, como manifestó Alejo Carpentier citando a Simón Rodríguez, maestro del libertador Bolívar, cuando nos incitaba a la originalidad: «no había que hacer ya el menor esfuerzo por ser originales, pues éramos originales de hecho y de derecho, mucho antes de que el concepto de originalidad se nos hubiera ofrecido como meta».

Esto supone reconocer la herencia de los pueblos originarios de nuestra tierra, y exige como imperativo una política cultural que dé testimonio de la historia conflictiva de una conquista violenta, y a la vez del mestizaje fecundo suscitado por ella (Faillace, 2004).

Nos enfrentamos a un nuevo intento hegemónico que no solo trata de ser económico o político sino que tiene distintas manifestaciones. Nos enfrentamos a un nuevo desafío, a una especie de colonialismo académico, que pretende estandarizar los métodos, de transpolarlos y hacerlos aplicables a nuestras realidades, que pretende llevar al conocimiento a maneras más homogéneas, como única forma de hacerlo exitoso y eficiente, y es a esto a lo que debemos enfrentarnos para no perder nuestro horizonte, no perder la esencia de nuestras instituciones, para no dejar de pensar que de nuestra[s] aulas, que de nuestros claustros, es de donde se deben nutrir nuestros países para encontrar un destino mejor para la sociedad. […]

En cambio, la universidad pública latinoamericana quiere y debe formar seres libres y pensantes, críticos de la realidad y capaces de modificarla, no de adaptarse miméticamente a ella (Aguiar, 2004).

Pues bien, en el mundo moderno los medios de comunicación continuamos enriqueciendo ese sentido de la identidad, respetando nuestra propia diversidad, tal como lo hacen nuestros hermanos Latinoamericanos y quizá preparando a nuestros pueblos para realizar el sueño de Bolívar y crear una gran nación rica y plural (Zúñiga, 2004).

En los fragmentos citados aparecen algunos de los elementos que conforman esta identidad latinoamericana: la historia compartida que se origina en las guerras por la independencia de las naciones (en este sentido, la figura de Bolívar tiene un peso simbólico muy fuerte); la realidad mestiza producto de “una conquista violenta”, dentro de la cual los pueblos originarios ocupan un lugar muy importante; la lucha por la autonomía, es decir, la unión de los países latinoamericanos para resistir cualquier forma de imposición a su “esencia” y su “singularidad”, cualquier intento “colonizador” (es el caso del “colonialismo académico” que señala Asdrúbal Aguiar); la singularidad de la literatura de la región (por ejemplo, a partir de la mención de escritores reconocidos como Alejo Carpentier).

En esta dirección, observamos a partir de este III CILE que estamos analizando un cambio en los entornos lingüísticos en los que aparecen las nociones latinoamericano o América Latina en la medida en que aumenta su presencia en sintagmas nominales con términos que designan entidades o sujetos: “cuál es el camino que debe seguirse para que los derechos lingüísticos de todos los latinoamericanos sean respetados” (Herrera Peña, 2004), “contamos con la colaboración y el trabajo conjunto con las representaciones diplomáticas latinoamericanas” (Molina, 2004), “es conveniente establecer un acuerdo de colaboración entre las instituciones académicas de América Latina y el Instituto Cervantes” (Filipchuk de Romero, 2004), “Los Estados latinoamericanos, a través de sus ministerios de educación, cultura y relaciones exteriores, tienen toda la estructura requerida para generar proyectos” (Botero Pinzón, 2007). Así, deja de ocupar un lugar pasivo, como objeto de reflexión, y pasa a posicionarse como región con sujetos y entidades que tienen reconocimiento y actúan.

5. La exaltación de la identidad iberoamericana en el Congreso de Cartagena de Indias

Hasta el congreso realizado en Rosario en el año 2004, los usos más extendidos de los términos Iberoamérica/iberoamericano son como sinónimos de Hispanoamérica/hispanoamericano, esto es, países americanos de habla hispana, o de comunidad hispánica en general. Pero en el encuentro siguiente de 2007 se afianza –aunque sin que desaparezcan los otros sentidos– uno de los alcances presentados anteriormente: el que remite a la comunidad que integra a España y a Portugal junto con los países americanos que fueron sus colonias.

La voluntad de situar al español en un nuevo espacio identitario, ya no hispánico sino iberoamericano, se reconoce en el programa de temas: en primer lugar, en la incorporación del término iberoamericano/a en los títulos de una de las cuatro sesiones plenarias “El español, instrumento de integración iberoamericana” y de dos paneles “Periodismo cultural iberoamericano” y “Creación literaria en la comunidad iberoamericana”; en segundo término, en la decisión de proponer una mesa dedicada a “El español en Brasil”, lo cual da cuenta de la importancia que reviste este país en la agenda glotopolítica; por último, es un gesto significativo, sin duda, la invitación realizada al secretario general de la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB), Enrique Iglesias, y al secretario general de la Organización de Estados Iberoamericanos, Álvaro Marchesi, para participar como expositores en las sesiones plenarias del congreso.5

Observemos algunos fragmentos representativos en los que se reconoce una identidad iberoamericana:

Partimos de una realidad: Iberoamérica existe. Es un colectivo político de 22 naciones que integran su comunidad. Representa el 9.2% de la población mundial con casi 600 millones de personas, ocupa el l5% de la superficie del planeta y ya alcanza a casi el 9.2% de la economía mundial medida en términos de Producto Bruto Interno. […]

El primer rasgo de esa Comunidad es pues su identidad lingüística. Uno de sus cimientos es el español. El otro, es la lengua portuguesa, hablada en Brasil y Portugal. Las Cumbres Iberoamericanas han reconocido a ambos idiomas, conjuntamente —y en un sentido hasta cierto punto unitario—, como la base lingüística común iberoamericana. Lenguas que por lo demás son las dos grandes lenguas internacionales habladas por más de cien millones de personas, que son al mismo tiempo y en líneas generales, recíprocamente comprensibles. Esta realidad, a veces desapercibida, supone el reconocimiento de un formidable bloque lingüístico iberoamericano de cerca de seiscientos millones de personas, con una inmensa potencialidad y actualidad en su ámbito geográfico y en el escenario mundial (Iglesias, 2007).

Gracias a todos nuestros hermanos de América, a nuestros hermanos argentinos, bolivianos, mexicanos, chilenos, ecuatorianos, paraguayos, peruanos, panameños, cubanos, puertorriqueños, dominicanos, venezolanos, uruguayos, centroamericanos; a nuestros hermanos de España; a nuestros hermanos portugueses y brasileros y a todas las personas que vinieron a participar en este gran debate colectivo sobre nuestra cultura […]

[…] este encuentro significó la oportunidad de participar directamente de los grandes debates colectivos que definen la agenda pública iberoamericana: la tensión entre unidad y diversidad, los nuevos centros del español, las nuevas literaturas iberoamericanas, las nuevas diversidades que configuran nuestra comunidad (Cuervo de Jaramillo, 2007).

En cualquier caso, los actores comprometidos con el fortalecimiento de las lenguas iberoamericanas en estas áreas sensibles necesitarán contar con un diagnóstico exhaustivo de la situación actual. En lo que se refiere a la comunicación en el seno de los organismos internacionales, será preciso un análisis de los desempeños lingüísticos de los funcionarios iberoamericanos, un estudio cuantitativo y cualitativo de la documentación producida y/o traducida en las lenguas de la Comunidad Iberoamericana de Naciones —en los casos en que estas sean lenguas oficiales o de trabajo—, y un inventario de los recursos disponibles, humanos y materiales, en relación con las necesidades de traducción (Marchesi, 2007).

Esta no es ya la América de lo «real maravilloso» de antes, pero es la América que ha encontrado su identidad esencial en la utopía posible de la Comunidad Iberoamericana de Naciones, soñada por Bolívar cuando, a la manera del griego Pericles, convocó en 1826 el Congreso Anfictiónico de Panamá (Betancur, 2007).

El primer elemento a destacar, y que marca una diferencia respecto de los congresos anteriores, es que en Cartagena de Indias la identidad iberoamericana encuentra una filiación o se asienta en un proyecto de integración, específicamente, en la CIN. Este sintagma aparece en tres de las cuatro intervenciones citadas.

La comunidad iberoamericana exhibe, como uno de sus rasgos más sobresalientes, una base lingüística formada por dos lenguas mayores, el español y el portugués. En este sentido, en los discursos detectamos que las diferencias entre los idiomas no son consideradas obstáculos, por el contrario, estas tienden a ser borradas o minimizadas de modo que queden presentadas como un “bloque lingüístico”. Esta operación que se identifica en la cita de Iglesias se localiza en varias exposiciones del congreso. En un libro que fue publicado el mismo año del IV CILE, Ángel López García, uno de los defensores de la promoción internacional del español y quien además participa asiduamente en los congresos, propone la consideración de un “diasistema lingüístico dual” basado en las similitudes entre ambas lenguas, lo que facilita la intercomprensión (López García, 2007).

Los discursos revelan distintos matices en el modo de concebir la comunidad iberoamericana. Además de la identidad lingüística ya señalada, otro rasgo que integra este imaginario es la coexistencia de la unidad y la diversidad (o también mestizaje), aunque con una valoración mayor del segundo componente. Cabe destacar que estos términos pueden adoptar alcances diversos o, incluso, imprecisos: para Iglesias, el mestizaje es “un factor decisivo en la común y plural identidad iberoamericana”; en el discurso de clausura de la ministra de Cultura de Colombia, Elvira Cuervo de Jaramillo, se leen los conceptos como “tensión” que debe resolverse de algún modo. En ambos casos, se destaca el componente de la diversidad o el mestizaje por sobre la unidad: para Iglesias este es “el primer gran producto de la integración de sus sociedades”, el horizonte de ese mestizaje se extiende desde el descubrimiento. Es decir, la historia compartida que se origina en este acontecimiento es un componente que acentúa la dimensión afectiva y que remite al imaginario de comunidad hispánica, aunque debemos notar que se alude a este hecho elípticamente, a partir del sintagma “historia cinco veces centenaria”. La designación de los países que integran la comunidad iberoamericana como hermanos también destaca la dimensión emocional e invita a pensar en relaciones simétricas, en consensos entre Estados que se encuentran en igualdad de condiciones (si bien sabemos que en la CIN España ocupa una posición dominante).

La comunidad iberoamericana también aparece marcada por lo “nuevo”, con lo cual se diferencia de algo “viejo”, perteneciente al pasado: Cuervo de Jaramillo habla de “los nuevos centros del español”, “las nuevas literaturas iberoamericanas”, “las nuevas diversidades que configuran nuestra comunidad”; a su vez, Belisario Betancur señala: “Esta no es ya la América de lo «real maravilloso» de antes”. La cita del expresidente de Colombia –junto con la alusión a la historia del descubrimiento del texto de Iglesias– permite pensar que este imaginario puede absorber, en algunos casos, elementos de otros, en este discurso, de la identidad latinoamericana: los sintagmas “sueño de Bolívar” y “Congreso Anfictiónico de Panamá” apelan a un imaginario que ancla en representaciones que vienen desde la etapa independentista (Arnoux, 2008a). Por otra parte, la estrategia de acentuar la cercanía entre el español y el portugués también se vincula, de acuerdo con Arnoux y del Valle (2010: 10), con la ideología latinoamericanista sintetizada en el sintagma Patria Grande –que excluye a España y Portugal y que “busca proyectar sobre el continente sudamericano el imaginario nacional con su homogeneidad lingüística”– pero que funciona de otro modo en este nuevo universo de referencia.

A diferencia de los fragmentos recién comentados, en la exposición de Marchesi los aspectos o elementos compartidos por la comunidad iberoamericana se vinculan más bien a ausencias o falencias: retraso educativo, tecnológico, científico de la población junto con desigualdad social y pobreza. Ahora bien, al detenernos en los sintagmas que contienen unidades léxicas referidas a las cuestiones mencionadas observamos que estos optan, en esos casos, por el término América Latina o latinoamericano, con lo cual el retraso, la desigualdad y la pobreza se atribuyen –como ya hemos visto– a esta región en particular:

Todo ello pone de manifiesto que las acciones deben orientarse en diferentes campos complementarios pero que en modo alguno han de olvidar en [sic] fundamental: el retraso educativo y científico de las sociedades latinoamericanas (Marchesi, 2007).

Así, España queda excluida de este grupo pero lógicamente incluida en el término iberoamericano, que se asocia a acciones futuras, a los logros que deben alcanzarse a pesar del panorama desalentador descripto en el párrafo anterior:

En cada uno de esos sectores los diversos actores iberoamericanos (organismos estatales, universidades, empresas), pueden y deben actuar coordinadamente para lograr producir avances significativos. Ya sea promoviendo la formación y la capacitación, la cooperación para el desarrollo tecnológico, el apoyo a la elaboración de contenidos. Para la consecución de estos objetivos trabaja ya la OEI junto con instituciones públicas, fundaciones y empresas iberoamericanas (Marchesi, 2007).

Desde los comienzos de las Cumbres, fue España quien impulsó principalmente la realización de estos encuentros y asumió un papel de liderazgo en la CIN (cfr. del Arenal, 2005). La posibilidad de articular, desde esta posición, la Unión Europea con el Mercosur, de entablar acuerdos económicos con Brasil y con los otros países latinoamericanos, de posicionar internacionalmente el español, de legitimar la intervención de agentes españoles en el diseño de la política lingüística del español en este país y, en términos generales, de conservar un papel importante en América Latina –alejado de determinadas lecturas del pasado, pero siempre conservando una posición dominante– constituyen algunos de los aspectos que pueden explicar el interés de España por afirmar un imaginario iberoamericano. ¿Qué factores contextuales, en lo que concierne a la dinámica de las integraciones regionales, creemos que despiertan este interés? Respecto del panorama de la CIN, el año 2005 resulta significativo porque se crea la SEGIB que apuntó a consolidar el proceso de institucionalización de esta entidad y dio gran impulso a la instrumentación de sus propuestas.

Pero también debemos considerar una serie de acontecimientos relativos a los cambios en el escenario regional latinoamericano donde cobran fuerza proyectos de integración sudamericana. En esta dirección, tres hechos adquieren especial relevancia. En primer lugar, la creación a fines del 2004 de la Comunidad Sudamericana de Naciones, que sentó las bases de la Unasur y permitió la articulación de dos bloques regionales: el Mercosur y la Comunidad Andina de Naciones. Poco tiempo después, en noviembre de 2005, tuvo lugar un hecho importante que significó un fuerte impulso para la integración sudamericana en la medida en que se presentó una posición cohesionada de la región: durante la IV Cumbre de las Américas realizada en Mar del Plata, el Mercosur y Venezuela rechazaron el proyecto del ALCA, lo cual puso en evidencia el enfrentamiento entre dos modelos político-económicos que buscaban imponerse.6 Hacia fines del siglo XX el ALCA era visto por los sectores de poder como la única vía de desarrollo económico posible. Pero con su rechazo los países sudamericanos expresaron la búsqueda de un avance autónomo para la región. En tercer lugar, durante el mismo año de la Cumbre en Mar del Plata se sanciona la Ley 11.161/2005 que establece la obligatoriedad de la oferta de enseñanza de español en el nivel medio del sistema educativo público brasileño.

6. Reflexiones finales

En los discursos de los congresos es recurrente la apelación a imaginarios que superen las fronteras nacionales en la búsqueda de integración de los hispanohablantes. Estos imaginarios exponen, a nuestro entender, la dinámica de fuerzas de las integraciones y, con ellas, de las identidades puestas en juego que involucran al mundo hispánico y que tienen, entre otras motivaciones, la voluntad de posicionar al español en el espacio global.

Como primera reflexión, creemos que las oscilaciones que observábamos en el I CILE en los sentidos asignados al término iberoamericano dan cuenta de que, en el contexto de fines del siglo XX, no se percibe una sensibilización respecto de una identidad iberoamericana, es decir, se trata una identidad que no ha sido incorporada efectivamente al imaginario colectivo, porque la entidad que la promueve, la CIN, es aún débil, se encuentra en una etapa inicial. De este modo, bajo distintas designaciones, el imaginario que continúa con más fuerza en el congreso de Zacatecas es el de la comunidad hispánica.

En segundo lugar, consideramos que el relegamiento del imaginario de comunidad hispánica a un lugar secundario en los comienzos del siglo XXI se debe a la posibilidad de entrar en tensión con otras identidades: ya sea porque remite a la memoria del descubrimiento de América –construido desde una mirada peninsular– como origen de la historia compartida, lo cual genera un enfrentamiento con los modelos de integración sudamericanos que se van afirmando en la primera década de este siglo y que basan su identidad en los procesos independentistas,7 o porque excluye los territorios lusófonos y, en este sentido, no da cuenta de nuevas realidades que reclaman, por ejemplo, entablar contacto con un país como Brasil que ocupa un lugar primordial en la región.

En lo que respecta a este último punto observamos que, efectivamente, se va afirmando un imaginario iberoamericano que desplaza al anterior y que pone en evidencia la voluntad por parte de España de replantear las relaciones lingüístico-culturales, pero también económicas (por ejemplo, encabezando la enseñanza del español en Brasil), con los países latinoamericanos –donde, a su vez, cobran fuerza proyectos de integración sudamericanos–sin por ello dejar de conservar un papel fundamental en la región. La activación de este imaginario facilita, por un lado, la articulación del español y del portugués, conservando la idea de unidad lingüística que la comunidad hispánica proponía; por otro, presentar el pasado compartido en términos de “encuentro entre dos mundos” y no ya de “descubrimiento” de la “madre patria” así como también incorporar, de algún modo, rasgos de la identidad latinoamericana a partir de la apelación a ciertos elementos del pasado que remiten a la memoria latinoamericanista pero que se proyectan en un contexto marcadamente diferente. Asimismo, adopta la idea de mestizaje que también está presente en el imaginario latinoamericano, aunque no necesariamente con el mismo alcance. Por último, el imaginario iberoamericano se construye en un movimiento doble: se identifica tanto con “lo nuevo”, por ejemplo, en relación con el crecimiento del español como lengua internacional, pero también recurre al pasado como rasgo identitario. En esta proyección hacia atrás se retoman y activan algunos elementos del imaginario hispánico y del latinoamericano.

En cuarto lugar, identificamos la aparición de un imaginario latinoamericano que, a diferencia de lo observado en el I CILE, se construye a partir de valores positivos. Este cambio significativo se vincula con transformaciones sociales que inciden en el estatuto de las lenguas y en la conformación de identidades colectivas. Tanto el imaginario iberoamericano como el latinoamericano apelan al mestizaje como su marca de identidad, además de la lengua y la historia compartida. Esto se vincula con los procesos de globalización y de integración, los cuales, al desestabilizar el espacio de las lenguas nacionales, deben incorporar la diversidad lingüística dentro de los límites de los Estados.

Para finalizar, creemos que si bien desde ciertas posiciones se busca, de algún modo, conciliar los imaginarios latinoamericano e iberoamericano, estos entran necesariamente en tensión en la medida en que suponen identidades, memorias discursivas y modos de integración que dan lugar a representaciones que pueden entrar en conflicto. Esto no significa que no puedan coexistir sino que requiere de parte de los distintos agentes implicados una toma de posición que los coloque en distintos niveles.

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Zúñiga, M. (2004). La cultura mediática. Ponencia presentada en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, Instituto Cervantes y Real Academia Española, Rosario [en línea]. Disponible en: http://congresosdelalengua.es/rosario/default.htm (consultado en enero de 2017).

NOTAS

1. La Glotopolítica como disciplina fue designada por primera vez por Guespin y Marcellesi (1986). En este trabajo seguimos la orientación de los estudios iniciados en la Argentina por Arnoux y su equipo de investigación. Sobre este enfoque y la historia de la disciplina, ver Arnoux (2000; 2014).

2. En Rizzo (2011) se analiza la configuración de un imaginario de comunidad hispánica en los congresos que se consideran antecedentes de la serie de CILE, esto es: el Congreso Literario Hispanoamericano (Madrid, 1892), en el que se instaura este imaginario, y el Congreso de la Lengua Española (Sevilla, 1992) donde, con algunas modificaciones motivadas por factores contextuales, permanece. Esta forma de identidad prevaleció en distintos discursos públicos de matriz hispanista, desde fines del siglo XIX y a lo largo del siguiente.

3. De acuerdo con Guimarães (2002), el espacio de enunciación consiste en un espacio político constitutivamente marcado por enfrentamientos entre lenguas que, durante estos procesos, se mezclan, se dividen, se transforman, desaparecen; la lengua es necesariamente atravesada por lo político, forma parte de su funcionamiento.

4. Esta operación se identifica en el primer texto programático de la CIN, producto de la I Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno (Guadalajara 1991), donde se sientan las bases de la entidad: “Representamos un vasto conjunto de naciones que comparten raíces y el rico patrimonio de una cultura fundada en la suma de pueblos, credos y sangres diversos. A quinientos años de distancia de nuestro primer encuentro, y como uno de los grandes espacios que configuran el mundo de nuestros días, estamos decididos a proyectar hacia el tercer milenio la fuerza de nuestra comunidad” (Cumbres Iberoamericanas de Jefes de Estado y de Gobierno, 1991).

5. Esta voluntad se acentúa aún más en algunos títulos del programa del V CILE (Valparaíso, 2010), que tuvo que ser suspendido por el terremoto que tuvo lugar en Chile en vísperas de su realización: una de las cuatro secciones “América y la lengua española: de la Independencia a la Comunidad Iberoamericana de Naciones” y cuatro paneles “Lengua, intercambios económicos e internacionalización empresarial en el ámbito iberoamericano”, “La lengua española como vínculo de un espacio iberoamericano del conocimiento”, “Educación intercultural bilingüe en el ámbito iberoamericano” y “Hacia un programa integrador iberoamericano de la lectoescritura”. En esta dirección, la realización del VI CILE en octubre de 2013 en Panamá coincidió con la XXIII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno que tuvo lugar en la misma ciudad.

6. En términos de Arnoux y del Valle (2010: 8), se trata de dos proyectos que colocan a la región sudamericana en posiciones diferentes: la consideración del Mercosur como la matriz de una integración sudamericana y la concepción de este bloque regional como una instancia transitoria en el camino hacia una integración continental liderada por el ALCA que resultaría de la expansión del NAFTA.

7. El Tratado Constitutivo de la Unasur señala lo siguiente: “Apoyadas en la historia compartida y solidaria de nuestras naciones, multiétnicas, plurilingües y multiculturales, que han luchado por la emancipación y la unidad suramericana, honrando el pensamiento de quienes forjaron nuestra independencia y libertad a favor de esa unión y la construcción de un futuro común” (Unión de Naciones Suramericanas, 2011: 7).

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