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Las falacias en las teorías contemporáneas de la argumentación

The Fallacies in the Contemporary Theories of Argumentation

Citación: Fuentes Bravo, C. & Santibáñez Yáñez, C. (2017). Las falacias en las teorías contemporáneas de la argumentación. Logos: Revista de Lingüística, Filosofía y Literatura 27(1), 62-72. DOI: 10.15443/RL2705

Dirección Postal: Centro Estudios de la Argumentación y Razonamiento. Grajales 1746, Primer Piso, Santiago.

DOI: dx.doi.org/10.15443/RL2705

Claudio Fuentes Bravo

Universidad Diego Portales

Chile

claudio.fuentes@udp.cl

Cristián Santibáñez Yáñez

Universidad Diego Portales

Chile

cristian.santibanez@udp.cl

Resumen: En el presente artículo utilizamos el concepto de filosofía formalizada de Hansson, así como las categorías de idealización simplificada y perfeccionista que se le asocian, con el fin de proponer un metaanálisis de tres enfoques teóricos de la argumentación, a saber, la pragmadialéctica de van Eemeren y Grootendorst, los esquemas argumentativos de Walton y el enfoque conversacional de Jacobs y Jackson, en relación con el tratamiento de las falacias como un tipo de trasgresión de reglas pragmáticas. Concluimos que mientras las dos primeras están ancladas en una concepción centralizada de lo falaz, la tercera abandona toda posibilidad de normatividad.

Palabras clave: falacias - filosofía formalizada - lenguaje regulado - teoría de la argumentación

Abstract: In this paper we use Hansson’s concept of formalized philosophy and the linked categories of simplified idealization and perfectionist idealization, aiming to metaanalyze three theoretical approaches to human argumentation: van Eemeren and Grootendorst’s pragmadialectics, Walton’s argumentative schemes, and Jacobs and Jackson’s conversational angle, in relation to their treatment of fallacies as a type of transgression of pragmatics rules. We conclude that while the two first theories are anchored in a centralized conception of the fallacious, the third theory abandons any possibility of normativity.

Keywords: fallacies - formalized philosophy - regimented language - argumentation theory

1. Introducción

El lenguaje de la filosofía, su capital terminológico, tiene origen, según Hansson (2000, 2007), en una transformación de elementos del lenguaje no filosófico. En verdad, más que una transformación, se trata de una adaptación con ciertas características evolutivas, que se explicaría por la eficacia semántica de ciertos conceptos sobre otros. En otras palabras, la construcción de la terminología filosófica es siempre una transformación del habla cotidiana. Pero esto trae aparejado un problema cuando constatamos, como es frecuente, que los nuevos términos no tienen una contraparte obvia en el lenguaje no filosófico. Por esta razón, Hansson (2007: 45) señala que “… la idealización es inevitable, aunque, desafortunadamente, también es inevitable que sea problemática y mucho más en filosofía que en otras disciplinas académicas”.

Ahora bien, la especulación teórica en un lenguaje prefilosófico es una empresa ciertamente difícil, pues los pronunciamientos prefilosóficos, la mayoría de las veces, requieren para su comunicabilidad de una precisión mayor de lo que comúnmente se encuentra disponible en el lenguaje no especializado. De lo anterior se deriva una serie de obstáculos en la comunicación de la filosofía, como la ambigüedad semántica, la oscuridad explicativa y la circularidad de la argumentación, entre otros.

En el campo teórico que se pregunta por el fenómeno argumentativo, las propuestas más contundentes relativas a los aspectos normativos, particularmente en lo relativo a la dimensión de lo falaz, funcionaría como un tipo de idealización sobre lenguajes naturales y, por consiguiente, correspondería a lo que Hansson (2007) ha descrito como filosofía formalizada. Dicho lo anterior, en lo que sigue nos abocaremos a identificar ciertos criterios orientativos presentes en tres propuestas de análisis de lo falaz en la teoría de la argumentación contemporánea, y observaremos en qué medida ellas son representativas de formalizaciones simplificadas.

Por otra parte, la terminología especializada de otras disciplinas, como ocurre por ejemplo en las ciencias naturales, se apoya en correlaciones empíricas que son independientes de los conceptos no especializados de los cuales éstos se originan. Tradicionalmente se ha asumido que no existe una correlación empírica posible con las teorías formales. Así, de acuerdo a Hansson, la filosofía formalizada operaría del mismo modo que una idealización sobre lenguajes naturales, y señala al respecto que (2007: 49) “...aislando términos relevantes del lenguaje en uso para permitir la generación de nuevos conocimientos”.

2. ¿A qué nos referimos con idealización?

Se debería dar por sentado que, como lo enfatiza Hansson (2007), la formalización en la filosofía es un tema controvertido. Desde su perspectiva, una representación del conocimiento en algún lenguaje formal o semiformal es siempre el resultado de una simplificación por el bien de la claridad. Tan pronto como aceptamos tal simplificación, deberíamos aceptar que se trata de una idealización.

Obviamente, esta claridad puede tener objetivos diversos. Puede utilizarse para evaluar los efectos pragmáticos que se generan a partir de ciertos usos del lenguaje o para intentar, por ejemplo, automatizar ciertos procesos inferenciales observados en el conocimiento. Desde el punto de vista del analista de sistemas de información (del lógico, del lingüista, del ingeniero, etc.), en la mayoría de los casos, lo que constatamos en una idealización es la decisión de sacrificar poder expresivo a cambio de mayor consistencia. Mientras más expresivo es un sistema, decir algo en él es más fácil y más compacto. Sin embargo, se hace más difícil derivar de él inferencias automáticas. Esto puede clarificar entonces la decisión de mayor expresividad o consistencia, en razón de los objetivos del analista. El ejemplo clásico de un sistema de representación del conocimiento débilmente expresivo es la lógica proposicional. No obstante, la lógica proposicional es completa, esto es, máximamente consistente. Si necesitamos automatizar los procesos de obtención de inferencias válidas de un sistema, entonces necesitamos una teoría completa. Si lo que deseamos, en cambio, es relevar ciertas características interesantes de un sistema inteligente, necesitamos más bien un sistema que privilegie la expresividad.

Buenos ejemplos del uso de la idealización en filosofía son los modelos formales del comportamiento racional y de la creencia racional. En el primer caso se aplica un tipo de idealización simplificadora, es decir, “que hace abstracción de una parte relevante de la complejidad de la vida real” (Hansson, 2007: 44), y en el segundo caso se trata de idealización perfeccionista, es decir, “la que representa patrones que satisfacen estándares de racionalidad más altos que los agentes reales generalmente son capaces de alcanzar” (Hansson, 2007: 44).

Los tratamientos formalizados de ciertos conceptos en la filosofía tenderían a ser útiles al menos por cuatro razones: (1) propicia la economía definicional y deductiva y reduce al mínimo el conjunto de los principios primitivos de inferencia; (2) sirve para que se conozcan las suposiciones implícitas; (3) puede apoyar estructuras frágiles que serían más difíciles de mantener y dirigir en el escenario menos inequívoco de un lenguaje informal; (4) propicia los esfuerzos que llevan a la completitud.

3. Las falacias en el modelo pragmadialéctico

van Eemeren y Houtlosser (2007) han caracterizado al enfoque pragmadialéctico del modo siguiente:

[A diferencia de la dialéctica formal] la pragmadialéctica es un discurso dialéctico, cercanamente alineado con un acercamiento pragmático de la comunicación y la interacción (…) envuelve el desarrollo de un modelo estructurado de las formas de resolución de un conflicto de opinión (...) es formal en un sentido procedimental (van Eemeren & Houtlosser, 2007: 86) .

En la cita anterior destacan cuatro características relevantes que resumen en buena medida el camino escogido por la pragmadialéctica para modelar su acercamiento al fenómeno argumentativo : 1) un distanciamiento con la dialéctica formal, pues una parte medular de la teoría encontró en sus inicios un impulso decisivo en la lógica de los diálogos (Barth & Krabbe, 1982; Walton & Krabbe, 1995; Hamblin, 1970; Rescher, 1977); 2) la influencia de la pragmática de la comunicación y el enfoque pragmático interaccional (Grice, 1975, 1989; Jackson, 1998; Searle, 1969, 1979); 3) un intento de estructurar un procedimiento de resolución de conflictos de opinión; y 4) la definición de la teoría como formal en tanto define procedimientos estructurados y generalizables.

En palabras de van Eemeren y Houtlosser (2007: 86):

El ideal ‘pragmadialéctico se ha creado para juzgar el discurso argumentativo y ver hasta qué punto la defensa de un punto de vista en contra de una reacción crítica está en acuerdo con un procedimiento para rastrear la aceptación de un punto de vista, con el objeto de que sea tanto un ‘problema válido’ como también ‘intersubjetivamente (o convencionalmente) válido’.

De modo que la teoría pragmadialéctica consiste, en primer lugar, en “un procedimiento con miras a evaluar críticamente la aceptabilidad de puntos de vista a la luz de los compromisos que las partes han asumido en la realidad empírica del discurso argumentativo” (van Eemeren & Houtlosser, 2007: 86).

El dispositivo teórico para definir un procedimiento de este tipo es llamado por van Eemeren y Grootendorst (1984) modelo ideal de discusión crítica. Este modelo es un diseño de la forma que adoptaría el discurso argumentativo si el estado óptimo del sistema fuera la resolución de una diferencia de opinión en función de sus cualidades intrínsecas. El modelo especifica, define y ejemplifica el proceso de resolución, relevando las etapas del proceso (confrontación, apertura, argumentación y clausura). Las etapas descritas así, como los actos de habla que son instrumentales en cada etapa específica, podrían verificarse analíticamente en este proceso, si y sólo si, se cumplen ciertas condiciones ideales prescritas por el modelo. Por lo tanto, para que un discurso se oriente a resolver una diferencia de opinión, los actos de habla que se ejecuten en las cuatro etapas tienen que subsumirse a las reglas pragmadialécticas de nivel superior (reglas críticas) que orientan una discusión crítica. Por esta razón los pragma-dialécticos sostienen que:

(...) Todo movimiento que se haga en el discurso que no cumpla con alguna de las reglas constituye un obstáculo para lograr resolver la diferencia y es, en consecuencia (y en este particular sentido) falaz (van Eemeren, 2007: 62).

A diferencia de las reglas de la dialéctica formal, que son reglas para generar argumentos racionales, las reglas de la pragmadialéctica son principios de la teoría, es decir, no sólo reflejarían, supuestamente, exigencias reales de la comunicación argumentativa, sino que aspirarían a regular todo acto de habla expuesto en todas las etapas de una discusión crítica. La aceptabilidad de los procedimientos no se deriva, entonces, de ninguna fuente externa de autoridad ni de alguna necesidad metafísica, sino que depende de su conveniencia para resolver una diferencia de opinión sobre los méritos para los que ellos son diseñados. A esta forma de legitimidad Habermas (1987) la ha llamado fundamentación postmetafísica.

Recordemos que Hansson (2007) afirma que una formalización en filosofía es siempre un tipo de idealización. Es posible distinguir dos tipos de idealización según Hansson (2007): (1) la idealización simplificadora, es decir, la que deja de lado muchos aspectos de las complejidades de la vida real, y (2) la idealización perfeccionista, esto es, la que representa patrones que satisfacen estándares de racionalidad más altos de los que los agentes (doxásticos) reales son capaces de alcanzar.

La idealización presente en el enfoque de van Eemeren y Grootendorst correspondería al primer tipo, esto es, a una idealización simplificadora, fundamentalmente porque las distinciones teóricas que propone en relación con las reglas para determinar un conjunto de falacias argumentativas, las hace precisamente sobre un lenguaje regulado que no expresa directamente la racionalidad estándar de los usuarios del lenguaje corriente que participan de una situación argumentativa espontánea.

Hansson nos advierte que la formalización en filosofía resulta casi siempre de una idealización en dos pasos. Primero, de un lenguaje común a un lenguaje regulado y, luego, de un lenguaje regulado a un lenguaje formal (lógico o matemático); por ejemplo: considérese la derivación del predicado de permisión (P) de la lógica deóntica, del concepto no filosófico de permisión:

(1) “Roberta puede-fil”o “a Roberta le está permitido-fil”, entrar al edificio (lenguaje común)

(2) “Roberta puedefil” o “está permitidofil” que Roberta entre al edificio (lenguaje regulado)

(3) Pq (formalización lógica)

A continuación, consideraremos un caso prototípico, siguiendo una estructura análoga a los ejemplos de Hansson, es decir una idealización en dos pasos: primero, pasamos de un lenguaje común a un lenguaje regulado y, luego, de un lenguaje regulado a un lenguaje formal (formal en un sentido procedimental). En este caso, la idealización se realiza con los siguientes ajustes: primero, pasamos de un lenguaje corriente a un lenguaje regulado y, luego, de un lenguaje regulado a un lenguaje formal (en un sentido procedimental, generado a partir de reglas) que etiqueta la expresión de un lenguaje regulado bajo el rótulo de una categoría regulada por principios críticos (falacias en el repertorio definido por la pragmadialéctica). En la secuencia que analizaremos, los paréntesis redondos contienen las fórmulas p1 o p2. Entre ellas se expresa el vínculo semántico que se establece entre una proposición (p1) y el argumento (p2), en tanto cumple una función de soporte de coherencia de la microestructura argumental. Los paréntesis redondos con puntos suspensivos marcan la supresión de la intervención de uno o varios interlocutores en el diálogo. Nótese que p2 cumple la función de soporte, si aparece otra fórmula p2 en el mismo enunciado, entonces existe un vínculo de conjunción entre ellas.

Considérese el siguiente caso:

(4) (p1) “voy a dar un ejemplo: la San Anselmo” (…). (p2) ‘todos sabemos que esa universidad es de lucro” (…). (p2) “es privada”.

(5) Todos sabemos que la universidad San Anselmo es un ejemplo de una universidad en la que se lucra porque es una institución privada.

(6) Lo dicho en (5) es una falacia de generalización apresurada.

El cuadro anterior presenta típicamente, entonces, cómo funciona el ascenso regulatorio del lenguaje filosófico formal, que vamos comparando con el modelo pragmadialético, y que se explica del siguiente modo. El enunciado (4) corresponde a una expresión corriente, no filosófica, proferida por un hablante real que es parte de un grupo de discusión sin restricciones temáticas o formales. El enunciado (5) corresponde a la normalización formal del enunciado proferido por un sujeto X en (4). El enunciado (6) contiene una expresión declarativa que identifica a (4) como la violación de una regla crítica (podría ser la violación de la regla 7, que señala que una parte no puede considerar que un punto de vista ha sido defendido concluyentemente si la defensa no se ha llevado a cabo por medio de un esquema argumentativo apropiado que se haya aplicado correctamente).

Un aspecto relevante a tener en cuenta es que la formalización pragmadialéctica de la proposición (6) se referiría consistentemente a (5) y problemáticamente a (4). Por lo tanto, es menester llamar la atención acerca de la pertinencia del modelo para identificar falacias adecuadamente. Sobre casos normalizados como en (5), donde la proposición es una estructura estándar, la explicación parece ser exitosa y los teóricos ofrecen una multitud de ejemplos que lo respaldan, pero la dificultad aparece en situaciones argumentativas espontáneas expresadas en proposiciones no reguladas como en (4). Dicho de otra forma, la pragmadialéctica procede al parecer correctamente desde su consistencia interna, pero si no mediara una estandarización enunciativa del objeto analizado, la identificación, y luego la evaluación, no sería exitosa.

Creemos además que la operación que identifica la violación de una regla crítica y, consecuentemente, la activación de una falacia, es indirecta. Lo es por cuanto si (5) representa incuestionablemente lo expresado en (4), entonces la distinción teórica es correcta. Por tanto, identificar una falacia no sería por lo anterior una acción directa sobre porciones de discurso argumentativo espontáneo. Parece claro que difícilmente no será incuestionable la relación entre las proposiciones (4) y (5) dado que precisamente el sentido de (5) es disminuir la complejidad de (4) para hacer posible la declaración del enunciador en (6). Debemos tener en cuenta, por otra parte, que desconocemos la razón por la que se ofrece un ejemplo por parte del usuario del lenguaje en (4).

Somos conscientes que van Eemeren y Grootendorst (1984, 2004) han declarado que el objeto de estudio de la pragmadialéctica debe ser la enunciación explícita de un argumento. No obstante, creemos que se trata de un aspecto demasiado relevante para el análisis la situación contextual y temporal en la que se presenta la intervención del argumentador. El acceso a la macroestructura por parte del investigador es la posibilidad que tiene éste de considerar el sentido y la racionalidad de la enunciación. Consideremos así que si es el caso que se ha pedido un ejemplo al usuario del lenguaje en (4) como justificación de (p), entonces deberíamos aceptar que se trata de una movida razonable. No podríamos a priori clasificar el argumento como falaz porque contendría el uso de un esquema argumentativo aplicado incorrectamente. Este es un punto que se suele olvidar con facilidad por los teóricos de la argumentación. Un punto crítico en contra de la teoría de identificación de falacias (aun concediendo la consistencia del planteamiento teórico de la pragmadialéctica), es que no conocemos la razonabilidad de la transición entre una razón y la siguiente en el continuo textual de un diálogo argumentativo. Es decir la relación entre el nivel microestructural con el macroestructural. Por otra parte, podríamos incluso considerar que desconocemos también si los interlocutores asintieron con un gesto expresando el acuerdo con el ejemplo ofrecido lo que validó la extensión del argumento (idea que se acerca a lo expuesto por Jacobs y Jackson (2006), que comentaremos en la sección 5). Si el ejemplo hubiese sido aceptado, sería razonable seguir adelante con la argumentación asumiendo lo dicho como un hecho juzgado por las partes. Queremos aquí llamar la atención que lo expresado en (4) es un recorte arbitrario de un continuo argumentativo. Esto es algo que también se desconoce a menudo. Podríamos llamar a esta situación un problema de escala en el análisis.

Tenemos dos problemas, el de transición y el de escala. Ahora bien, en el lenguaje regulado se elimina la transición porque se eliminan o se invisibilizan las intervenciones del interlocutor y se elimina la escala porque se invisibiliza o se soslaya la dependencia o la pertenencia del enunciado bajo análisis a una estructura mayor o macroestructura. La simplificación idealizadora, de este modo, operaría en varios niveles del enfoque pragmadialéctico.

4. Walton: la teoría pragmática de las falacias

En la propuesta de Walton (1992, 1994, 1995, 2013; Walton, Reed & Macagno, 2008) podría configurarse una forma de idealización perfeccionista, esto es, “la que representa patrones que satisfacen estándares de racionalidad más altos que los agentes reales generalmente son capaces de alcanzar” (Hansson, 2007: 44). Recordemos que para Walton la manera adecuada para analizar y evaluar los argumentos potencialmente falaces se debe enfocar desde un ángulo pragmático. Al respecto sostiene:

The following short definition can be given, based on the pragmatic (Walton, 1995) theory of fallacy: a fallacy is an argument, a pattern of argumentation or something that purport to be an argument that falls short of some standard of correctness as used in a conversational context but that, for various reasons, has a semblance of correctness about it in context and poses a serious obstacle to the realization of the goal of the dialogue (Walton, 2013: 215).

Como es de sobra conocido en la teoría de la argumentación contemporánea, dos de los grandes aportes de Walton (van Eemeren et al., 2014) fue la de proponer los tipos de diálogos en los que se observan procesos argumentativos (como por ejemplo, la negociación, la deliberación, la persuasión, la búsqueda de información, el diálogo erístico, entre otros), y la de sistematizar los esquemas argumentativos que se encuentran en Aristóteles bajo el nombre de topoi o líneas de razonamiento, agregando la idea de preguntas críticas asociadas a cada esquema.

Cada tipo de diálogo impone una normatividad específica a su contexto y forma de funcionamiento institucional o pragmático: reglas de locución, de diálogo, de compromiso, de –reconocimiento de- ganador/perdedor, entre otras. En una negociación por ejemplo, las reglas del juego toman en cuenta que cada parte de la negociación persigue obtener lo más posible de sus términos que lo llevan a negociar, que el punto de inicio de la negociación es el conflicto de intereses, y que la meta del diálogo mismo es que cada parte obtenga cierto porcentaje de su propuesta original y puedan las partes en negociación retirarse razonablemente satisfechas.

Los esquemas argumentativos, como por ejemplo el de analogía, signo, correlación a causa, ad hominem, apelación a la creencia popular, etc., por su parte, son las fórmulas teóricas con la que Walton enfrenta el problema de las falacias. Para Walton no se puede demostrar a priori la incorrección de un movimiento argumentativo llevado a cabo por medio de un patrón (los esquemas argumentativos) sin que se testee su uso a partir del filtro de las preguntas críticas en el marco de un tipo de diálogo; las preguntas críticas, vale decir, el conjunto de interrogantes que pueden derrotar tal uso, son entonces las que sancionan la corrección o incorrección.

Ahora bien, el cuidado que tiene Walton (2013; Walton, Reed & Macagno, 2008; Wagemans, 2011) es el de distinguir entre un uso derrotable (o en su efecto real, derrotado) por medio de un error en el uso, esto es, el caso de un paralogismo, y la táctica sofisticada que implica la obtención de beneficios por medio de un engaño verbal –consciente o inconsciente- que evade la aplicación de preguntas críticas en el uso de un esquema argumentativo, teniendo la información a la mano que lo derrotaría. Para ver claramente cómo opera la formalización de diseño en Walton, consideremos un caso de apelación al experto.

(7) (p1) ‘el nuevo profesor hizo su doctorado en epistemología’ (…). (p2) ‘dice que no se puede ser un escéptico radical’ (…). (p2) “es impracticable”.

El esquema de Walton, Reed y Macagno (2008) para la apelación al experto es el siguiente:

Premisa mayor: La fuente N es un experto en el tema del dominio D que contiene proposición A.

Premisa menor: N sostiene que la proposición A (en el dominio D) es verdad (falsa).

Conclusión: A puede plausiblemente ser tomada como verdad (falso).

La sustitución del esquema de Walton, Reed y Macagno (2008) usando la información del caso (7) queda de la siguiente manera:

Premisa mayor: El nuevo profesor es un experto en el dominio ‘epistemología’ que contiene la proposición ‘no se puede ser un escéptico radical’.

Premisa menor: El nuevo profesor sostiene que ‘no se puede ser un escéptico radical’ es verdad.

Conclusión: ‘no se puede ser un escéptico radical’ puede plausiblemente ser tomada como verdad.

Las preguntas críticas surgen a partir de la recreación idealizada de la comparecencia de un agente con un par epistémico, en una situación dialógica, los que razonan con posibilidades epistémicas equivalentes, dada una estrategia perfeccionista de búsqueda de justificación, para una proposición de conocimiento. El conjunto de preguntas críticas siguientes presupone para cualquier agente epistémico humano en una situación espontánea unas condiciones ideales de procesamiento y memoria:

1. Pregunta por la fuente: ¿Qué tan creíble es N como fuente experta?

2. Pregunta por el campo: ¿Es N un experto en el campo en el que A está?

3. Pregunta por la opinión: ¿Qué dijo N que implica A?

4. Pregunta por la confiabilidad: ¿Es N confiable como una fuente autorizada?

5. Pregunta por la consistencia: ¿Es A consistente con lo que otros expertos sostienen?

6. Pregunta por la evidencia: ¿Lo que sostiene N está basado en evidencia?

En tanto el esquema de experto revisado se constituye a través de sus preguntas críticas en una estrategia de búsqueda de justificación para conocimiento proposicional, como es el caso en “‘no se puede ser un escéptico radical’ es verdadero”, se asemeja al planteamiento de las estrategias que se han formulado para enfrentar las críticas de Gettier (1963) a la definición tripartita del conocimiento. En una inspección amplia de las propuestas de reformulación de la definición de conocimiento en la epistemología tradicional, podemos encontrar una serie de cláusulas relevantes para lo que hemos afirmado en el párrafo anterior, como la condición de sensibilidad de Nozick (1981); la condición de seguridad de Sosa (1999); la condición de descarte de alternativas relevantes de Dretske (1981); y la condición de causalidad de Goldman (1976). En una línea de pensamiento cercana a la nuestra, Kirkham (1984) sostuvo que la interpretación habitual de los contra-ejemplos de Gettier al análisis CVJ (creencia verdadera justificada) depende de la aplicación de una concepción extremadamente exigente de conocimientos a las situaciones descritas.

La aplicabilidad a casos reales de los esquemas de Walton actuarían bajo un supuesto equivalente al del análisis del conocimiento como CVJ, es decir, el análisis de un esquema de argumentación como un modelo restringido de creencias verdaderas en busca de justificación. De acuerdo con Walton, Reed y Macagno (2008), los esquemas argumentativos son patrones estereotipados de razonamiento, patrones presuntivos que operan en la interacción argumentativa real, de forma rápida y automática, como los heurísticos descritos en la bounded rationality. Tales usos heurísticos devienen falaces cuando un agente epistémico hace un uso torcido, engañoso, o no convencional de los esquemas. Las falacias para Walton no son una clase de esquemas inherentemente inadecuados, como parece ser el caso en el análisis retórico clásico, sino que se trata de esquemas que han sido incorrectamente aplicados, ya sea como resultado de un error o de esfuerzos conscientes por engañar.

La estrategia que intenta evitar el uso erróneo o mal intencionado de patrones de razonamiento es la aplicación de las preguntas críticas. Como se dijo, se trata de estrategias heurísticas, por tanto la solicitud de una racionalidad analítica que proceda como un sistema de búsqueda de justificación de conocimiento proposicional, se asemeja al problema que plantea Zagzebski (1994), por cuanto sería imposible evitar la incompletitud de la justificación para el conocimiento en tanto creencia verdadera a pesar de la agregación extensiva de condiciones de refuerzo.

5. Jacobs y Jackson: It takes two to tango

Jackson y Jacobs (1980, 1982), concibieron la argumentación como una forma de reparación conversacional que tiende a producir expansiones de secuencias de actos de habla relevantes para el tratamiento del desacuerdo, lo que los acerca, en sus propias palabras (Jacobs & Jackson, 2006), a la teoría de van Eemeren y Grootendorst. De hecho, en el enfoque de Jacobs y Jackson, tal como sucede en la pragmadialéctica, los actos de habla juegan un rol fundamental: ellos constituyen el marco conceptual y normativo para el espacio del desacuerdo (Jackson, 1992).

En este marco, Jacobs y Jackson conciben las falacias como contribuciones argumentativas de un tipo específico al discurso en el que tienen lugar. Para ellos, todo argumento defectuoso, o cualquier tipo de movimiento ilegítimo, puede concebirse como parte de los compromisos cooperativos generales dentro de los cuales las personas, finalmente, buscan resolver sus desacuerdos (Jackson, 1996). Esto plantea una diferencia radical con las propuestas anteriores. Tanto el enfoque de Walton como el de van Eemeren y Grootendorst asumen que la noción de falacia es independiente de su contexto de ocurrencia, puede abstraerse de la variabilidad de la interacción argumentativa cotidiana, en tanto se trata de un objeto puramente formal, como hemos dicho, generado por reglas procedimentales.

Jacobs y Jackson (2006) al situar toda argumentación – fuerte, débil y falaz – en el marco de compromisos discursivos, desplazan el interés preferentemente hacia la interacción entre movimiento y contra-movimiento más que en conocer el eventual carácter falaz que pudiese portar uno de los movimientos argumentativos. Cuando un argumento le parece falaz a uno de los participantes, según Jacobs y Jackson, es ese participante quien tiene la responsabilidad de iniciar un proceso de reparación. La auto-regulación parece ser el procedimiento apropiado en Jacobs y Jackson para la interacción argumentativa, lo que se aleja del principio de control centralizado de la evaluación racional que parece exhibir o desprenderse del agente epistémico en las teorías ya revisadas. Una estructura de control se refiere a la determinación centralizada de qué regla específica deberá usarse para manipular los símbolos en la memoria del sistema (Dawson & Dupuis, 2010). La descentralización del control implica para una teoría de la argumentación interesada en la resolución de conflictos de opinión la autorregulación o la desregulación externa de los agentes involucrados. En el vocabulario de la filosofía, control descentralizado implica desnormativización.

De modo que la perspectiva de estos autores es, obviamente, más socializada y distribuida que la de la pragmadialéctica. La próxima cita ofrece claridad en relación con lo que estos autores conciben como movimiento falaz visto interactivamente (nuestra traducción):

Las que tradicionalmente han sido consideradas como “falacias” lo son porque tienen el potencial de engañar, desviar u obstruir un compromiso razonable con los asuntos en discusión. Pero ese potencial solo puede ser actualizado en la respuesta dada a un determinado movimiento. Así, cuando se piensa en las falacias, es tan importante considerar la respuesta a un movimiento inapropiado como las tendencias latentes en el movimiento inicial a engañar o desviar (Jackson & Jacobs, 2006: 124).

La responsabilidad de prevenir movimientos defectuosos en el proceso argumentativo se distribuye de formas distintas de acuerdo con las condiciones o características en las que tal proceso se circunscribe. Dos parámetros sociales ejemplifican y explicarían la ocurrencia potencial de movimientos falaces: (1) acceso limitado y no recíproco a información que podría ser relevante para la resolución de una disputa; (2) intereses creados en el resultado de una disputa que distorsionan una actitud razonable por parte de los argumentadores para resolver la diferencia de opinión según los méritos. Para Jacobs y Jackson:

A menos que se hagan ajustes para corregir, mitigar o compensar el efecto de estas deficiencias en la calidad del discurso, se puede esperar que los movimientos afectarán negativamente la argumentación de diversas maneras y en diversos grados de importancia (Jacobs & Jackson, 2006: 125).

Estos ajustes permiten plantear a Jacobs y Jackson (2006), desde el punto de vista teórico, una propuesta de diseño argumentativo que no podría identificarse en absoluto con un sistema formal incluso en un nivel procedimental que ha sido la concesión que hemos hecho con los enfoques analizados antes. Se trata de un conjunto de orientaciones generales que parten desde la aceptación a priori de ciertos principios rectores, a saber, (1) que las amenazas a una deliberación razonable surgen a partir de los abusos del principio de colaboración de Grice; (2) que las soluciones de diseño son de carácter sistemático y holístico y la evitación de errores depende de una inteligencia distribuida; (3) que la razonabilidad de las decisiones tiene una naturaleza compleja y que paradojalmente no debe eliminarse las anomalías (falacias, contradicciones, etc.) sino que aprovecharlas para el éxito pausado de la comunicación.

6. Conclusión

Podemos distinguir en lo esencial que los objetivos de los enfoques pragmadialéctico de van Eemeren y el esquemático/crítico de Walton respecto del modelo conversacional de Jacobs y Jackson son claramente distintos. Los dos primeros son susceptibles de ser analizados bajo los conceptos de idealización simplificadora y perfeccionista, en tanto, puede defenderse la idea de que ambos enfoques sean efectivamente una formalización de ciertas ideas del ámbito de la filosofía, específicamente del campo de la epistemología. Hemos ofrecido en ese contexto un análisis crítico de la noción de falacia como producto de las reglas de formación de esos sistemas teóricos formales (a nivel procedimental).

No obstante, hemos argumentado que no sería posible clasificar el enfoque conversacional de Jacobs y Jackson como un tipo de idealización. Hemos discutido la posibilidad de vincular el papel de los agentes epistémicos del enfoque conversacional con enfoques cognitivos, en razón de la familiaridad conceptual de la defensa de la autoregulación o desregulación parcial (ausencia de normatividad inflexible) en la interacción argumentativa, característica propia de un modelo distribuido. La noción de falacia en las teorías estándares, y visto particularmente desde el rol del agente epistémico como una distinción que el agente hace del comportamiento de un interlocutor, se asemeja más al constructo propio de la cognición clásica que reconocemos como control centralizado.

Por otra parte, y en esto lleva la razón la pragmadialéctica, las condiciones de tercer orden, vale decir, las condiciones psicológicas de los agentes así como las condiciones sociohistóricas de los contextos, influencian, y fuertemente en algunos casos (regímenes dictatoriales, por nombrar el ejemplo más evidente), los ambientes argumentativos que producen patrones falaces de comportamientos totalmente naturazalizados, donde la vaguedad y control de la información relevante, y la asimetría en los intercambios discursivos, debilitan los acercamientos duales y nos desafían a pensar más bien en la argumentación colectiva.

Bibliografía

Barth, E. M. & Krabbe, E. C. W. (1982). From axiom to dialogue: A philosophical study of logics and argumentation. New York and Berlin: Walter de Gruyter.

Dawson, M. & Dupuis, B. (2010). From bricks to brains: The embodied cognitive science of LEGO robots. Edmonton: Athabasca University Press.

Dretske, F. (1981). The pragmatic dimension of knowledge. Philosophical studies 40(3), 363-378.

van Eemeren, F. H. & Grootendorst, R. (1984). Speech acts in argumentative discussion. Dordrecht: Foris.

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